Cuando descubrimos que tenemos privilegios

Hermanos - Atribución: whitonef - http://www.flickr.com/photos/withonef/305179967/Hermanos - Atribución: whitonef - http://www.flickr.com/photos/withonef/305179967/Hace un par de años, esta querida Guatemala me sacudió. Participaba en un equipo de campo elaborando un reporte sobre la situación de los derechos a la salud y educación en Guatemala. Visitamos un municipio rural de Alta Verapaz para entrevistar padres, niños y familias enteras. Todos los niños de la aldea estaban invitados a la entrevista en la escuela. Llevamos galletas y jugos para compartir al final de la sesión. Los chiquillos llegaron recién bañados, con sus mejores ropas, para participar en nuestra pequeña reunión. Llamaron mi atención tres chiquillos que se quedaron afuera. Tenían ropas raídas y se notaban muy descuidados. Cuando repartimos las galletas y los jugos, dos chicos pidieron raciones extras, corrieron y lo entregaron a hurtadillas a los niños que permanecían afuera. Salí del salón y me dirigí a los chiquillos. Quise preguntar por qué no entraban al salón, pero corrieron tan pronto vieron que me acercaba. Me molestó un poco el hecho que fueron los únicos chiquillos que no tomaron parte, y pensé que preferían jugar afuera y esperar a que les sacaran las galletas y jugos.

Nuestra siguiente entrevista fue con una familia cuya madre había fallecido durante el parto meses atrás. El líder comunitario nos anticipó que era un caso muy duro, pues el padre -Don Eriberto- estaba ahora solo, con 4 hijos. Al llegar a la casa (que es un decir, pues era un cuarto de 3x3 metros, en el cual dormían todos y cocinaban) nos recibió el padre con sus cuatro hijos. Tres de estos eran los chiquillos que no habían entrado al salón. Les pregunté por qué no lo habían hecho con el resto de chicos en la escuela. El mayor de los tres (que rondaba los 9 años) respondió: “ya no vamos a la escuela, desde que mi mamá murió, y no nos gusta tampoco que los niños nos señalen y digan que somos los hijos de la mamá muerta”. Sentí que mi estómago se encogía... yo era un ingrato por haber pensado que los chicos se habían hecho los listos al no entrar al salón para de todas formas obtener las galletas y jugos. Pero no terminó allí.

Cuando iniciamos la entrevista con el padre, la hija más pequeña, de casi dos años, lloraba y decía que quería a su mamá. El padre disculpaba a la niña ante nosotros, pues interrumpía la conversación. En milésimas de segundo me di cuenta que la niña tenía una edad similar a una de mis hijas y pensé, ¿cómo sería mi situación si la madre de mis dos hijas hubiera fallecido en el parto y yo estuviera solo con ellas? Mi estómago se encogió de nuevo. La entrevista continuaba y don Eriberto relataba cómo la vida había dado un giro para todos. El hijo de 9 años cortaba leña y acarreaba agua, la hija de 7 era encargada de la limpieza de la casa y de cuidar a las dos hermanas menores de 2 y 4 años, mientras que él estaba afuera todo el día para ganar 25 quetzales por día. Aduciendo que no había espacio, salí del cuarto/vivienda. La verdad era que no podía soportar más aquella situación. Uno de los colegas continuó con la entrevista y yo lo esperé en el vehículo.

Esa noche, de regreso en el hotel, lloré. Me sentía acongojado por la situación de la familia de don Eriberto, pero al mismo tiempo me sentía sumamente avergonzado. Y no por llorar, sino avergonzado por mis privilegios. Aún cuando crecí en una familia pobre, tuve el privilegio de vivir en un barrio urbano en donde caminaba 10 minutos para asistir a una escuela pública. Yo siempre había pensado que mi historia de familia urbana pobre reflejaba mucho de exclusión social, pues siempre la había comparado con otras familias de clase media y clase alta urbana. Sin embargo, ante la situación de la familia de don Eriberto, era ahora un privilegiado. Mi vergüenza por haber tenido privilegios se extendía hasta el hecho de que la madre de mis dos hijas, similares en edad a las dos hijas menores de don Eriberto, no falleció durante el parto. Es cierto, sentí que hasta eso era un privilegio.

El malestar me continuó acompañando en los meses siguientes, y no comprendía por qué. Finalmente lo resumí así: “¡qué sociedad más mierda la que hemos construido en Guatemala!”. Y lo pensé así, porque me daba cuenta que los derechos humanos más elementales, cuando no existen para todos, se convierten en un privilegio. Pasé meses queriendo entender quién era responsable por ésta sociedad que tenemos. Me alejé de la formula facilona de culpar al gobierno de turno por todo lo que sucede. Y no es que no tenga nada que ver, sino que esa fórmula niega la corresponsabilidad que tenemos los ciudadanos por la sociedad que hemos construido, reproducido y aceptado. Una parte de la culpa me corresponde, particularmente, al recordar cómo había prejuzgado el comportamiento de los tres hijos de don Eriberto que no habían entrado al salón.

También me preguntaba: si ya sabía que la situación de Guatemala es muy difícil, ¿por qué me afectó tanto el caso de don Eriberto y su familia? Luego de semanas de reflexión, mi explicación es que pudo haber sido el caso de mi propia familia. Don Eriberto pude haber sido yo, su hija menor mi hija. En otras palabras, no fueron números, ni estadísticas, sino seres humanos como yo. Aún cuando la experiencia fue un golpe muy duro, reforzó mi capacidad para indignarme por la sociedad de privilegios que seguimos aceptando y reproduciendo en Guatemala. Ahora, mi duda constante es saber si estoy haciendo algo para cambiar esta sociedad, o sólo la estoy reproduciendo.



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Comentarios  

 
# El cinismo de nuestro paísMomo 27-07-2010 23:24
La sensación que tuvo Ciudadano de sentirse privilegiado por el simple hecho de tener ciertos derechos básicos garantizados es terrible; es algo así como la culpa que siente aquella persona que ha sobrevivido a la represión, que se siente mal porque no tuvo el mismo fin que muchos de sus compañeros(as) caídos(as).

Así es Guatemala, así de cínica puede ser. Cuando algo malo nos pasa, siempre "damos gracias a dios" que no nos fue peor. Cuando hemos trabajado el tema de la pobreza y la desigualdad en Guatemala, y leo algunos ensayos de reacción de mis estudiantes varios de ellos(as) simplemente "agradecen a dios" por no ser pobres, cuando también es necesario preguntarse por qué hay pobreza.

Hay que superar estos sentimientos de culpa. Estar vivos, ser felices, alimentarnos, ser saludables, descansar y recrearnos, o tener empleo digno no son privilegios, son derechos. Más que rechazar estos derechos, debemos aspirar y trabajar para que todos(as) podamos disfrutarlos.
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