Patricios rebeldes
- Domingo 01 de Agosto de 2010 18:37
- Escrito por TocaActuar
¿A cuánto me deja la independencia?En Abril de 1775 se dieron las primeras salvas de lo que sería la guerra de independencia de los EEUU, cuando los colonos se enfrentaron por primera vez al ejército imperial británico en Lexington y Concord, Massachusetts. Un año más tarde, los líderes de trece colonias declararon su independencia de la Gran Bretaña afirmando “… que todos los hombres son creados iguales, que son dotados por su Creador con ciertos derechos inalienables, que entre éstos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad…”.
Sin embargo, la guerra continuaría hasta 1783, cuando la combinación de persistencia colonial, desgaste bélico y preocupación inglesa con los vaivenes napoleónicos daría por cerrada la causa entre la nueva nación y la antes metrópoli.
¿Quiénes fueron los señores – hombres hasta el último – que lideraron la revolución americana? Registra la historia que cuatro quintas partes de los signatarios de la constitución de los EEUU – electos en sus respectivos estados, ya independientes – tenían experiencia política extensa, en su mayoría legislativa, pero también en el poder ejecutivo colonial. Sin embargo, sólo ocho de ellos recibían la mayor parte de sus ingresos del erario público. Esto sugiere que contaban con los medios personales para asegurar su sustento y el caro pasatiempo de la política. De hecho, aunque en general eran menos acaudalados que los colonos que permanecieron leales a la corona, se trataba de un grupo de considerable riqueza. Finalmente, vale destacar que en su mayoría eran personas con una educación extensa, fruto ya fuera del dinero o del reconocimiento al talento.
Siete hombre en particular son considerados “padres fundadores”, y los tomaré aquí como muestra: Jorge Washington, Tomás Jefferson, John Adams, Benjamín Franklin, John Jay, James Madison y Alexander Hamilton. De estos, Washington, Jefferson, Jay y Madison eran personas de considerable fortuna familiar o personal, dedicados a la explotación agrícola, a las inversiones, y en algunos casos con extensa tenencia de esclavos – una medida clara y problemática de riqueza. Franklin, por su parte, siendo un anti-elitista dedicado, desarrolló una fructífera carrera como dueño de imprenta e inventor. Jefferson, Adams, Jay y Hamilton fueron además exitosos abogados.
Sus carreras políticas fueron igualmente extensas. De los siete, sólo Franklin, Jay y Hamilton no fueron presidentes de la república. Cuatro fueron miembros del gabinete, tres gobernadores o ejecutivos de sus estados, otros tantos embajadores, y todos representantes ante sus legislaturas, o ante los congresos continentales que definieron la naturaleza de la nueva nación.
En fin, ¿a qué viene el panegírico de este grupo de hombres de dinero y estado, ya tan lejanos en el tiempo y el espacio para Guatemala? El refrán popular lo dice de forma cruda, pero clara: “el que quiera comer pescado, que se moje el culo.” Detallemos la lección.
En primera instancia, este grupo de ambiciosos líderes coloniales ya estaba involucrado de forma directa en el servicio público antes de que se iniciara la revolución americana. Su carrera política pasó por el legislativo y el ejecutivo bajo el régimen colonial inglés, primero, y más tarde estadual y federal independiente.
Además, la apuesta independiente era atractiva, pero de ninguna forma tenían sus líderes asegurada la inversión desde el principio. Había mucho que perder al rebelarse contra la metrópolis y poner recursos al servicio de los ideales (¡y beneficios!) independentistas. De hecho, Washington y Madison sacrificaron una parte importante de sus respectivas fortunas al descuidar sus haciendas por hacer gobierno. Más aún, el fracaso de la empresa de independencia habría acarreado juicio y ejecución por traición para los sediciosos, pero también el embargo de los bienes de sus familias por la corona. En contraste histórico, hay mucho que decir sobre el origen timorato y pactado de la independencia de Centroamérica. Es evidente que no basta la preocupación con la propia riqueza para explicarlo.
Una tercera lección es que se trataba de un grupo de personas que, más allá de las diferencias de ingreso, valoraban y poseían una educación extensa y directamente relevante al quehacer de gobierno. Aunque nunca hubieran hecho gobierno, sería notable el papel de Jefferson, Jay, Hamilton y Madison como teóricos del estado. No se puede hacer buen gobierno desde la ignorancia, no importa si la posición es a favor de más estado, o de más mercado.
Finalmente, es fuerte la tendencia a que los que más tengan que perder sean también los más conservadores. Sin embargo, esto no está escrito en piedra, y los fundadores de la Unión del Norte estuvieron más que dispuestos a cuestionar su herencia política.
Hoy a Guatemala le urge la rebeldía ante la realidad que ahoga. En este marco vemos regularmente que sujetos acaudalados, bajo el manto de su liderazgo empresarial hacen activismo político – las más de las veces por causas anti-fiscales – desde las organizaciones gremiales del empresariado. La comodidad de la crítica al gobierno desde tales posiciones de empresa, y sin más involucro público, adolece de legitimidad. Aquellos que, teniendo fortuna, quieran cambiar el rumbo de la cosa pública, deben sumergirse como cualquier otro ciudadano en la reyerta política, arriesgar su riqueza, someterse a las reglas del juego político, y trabajar por el bien común.
Por supuesto, cuando los ricos se involucran en gobierno es inminente el peligro de la plutocracia. La reciente y fallida iniciativa de Pro-Reforma es ejemplar de este riesgo, al suponer que el privilegio es base suficiente para gobernar. Tampoco – contrario a la actitud de la autoridad municipal de la ciudad de Guatemala - basta con tener razones, para tener razón. Sin embargo el punto aquí no es ese. Más bien, la invitación es a que los miembros (quizá más bien los hijos) de la élite económica, aquellos que han tenido más privilegios que cualquiera, pero que no son ni más ni menos herederos de la patria que los demás, asuman un compromiso como ciudadanos – con los beneficios y los costos que ello acarrea. Ante las amenazas que enfrenta hoy el estado guatemalteco, quienes no se involucren como parteras de la historia, luego que no pidan vela en el entierro del desarrollo.
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