¿Es la vergüenza un motor de cambio?
- Viernes 06 de Agosto de 2010 16:38
- Escrito por Walter Flores
En una nota anterior relaté la vergüenza profunda que sentí al darme cuenta que, a pesar de haber crecido en una familia urbana pobre, tuve una serie de privilegios que otras familias rurales no tienen. Continúo ahora contando hechos y pensamientos que sucedieron posteriormente.
El motor de la historia - atribución: David Baldinger - http://www.dbaldinger.com/opinion_cartoons/first_page/rich_and_poor.htmlNuestra sociedad es una cascada de privilegios de todos tipos, colores y sabores. Por ejemplo, el transporte urbano que utilizamos los capitalinos, es subsidiado por todo el resto del país que no vive en la capital. Un estudio del Banco Mundial de hace algunos años demostraba que la red vial del área metropolitana de Guatemala es la más desarrollada de Centroamérica. Todo el país, aún aquellos que no tienen ni siquiera veredas, nos subsidian a los metropolitanos para que tengamos una red de carreteras, bulevares, paseos, avenidas y calles.
Con ejemplos como ese, la lista de privilegios que estaba recopilando se hacía cada vez más grande. Pensaba en lo caradura que hemos sido los capitalinos, al quejarnos de los ciudadanos rurales que paralizan la rutina capitalina con sus frecuentes marchas. También en lo rápido que se desecha la posibilidad de que el transporte en las cabeceras municipales y departamentales del país sea subsidiado al igual que el de la capital. Pensé que tal vez necesitábamos una campaña mediática para avergonzar a los capitalinos por sus privilegios y demostrarles lo poco solidarios que han sido con el resto de sus conciudadanos. En ese divagar, se me ocurrió que tal vez habría que apuntar más alto y ser más ambiciosos: dirigir la campaña hacia la élite guatemalteca, a los más privilegiados de los privilegiados. Las prebendas de la élite no son carreteras o transporte público subsidiados. Esto es muy poco. Algunos se han tomado el aparato del Estado por completo para crear y reforzar sus privilegios. Esto no es exageración-está ampliamente documentado en los textos históricos y en los Informes de Desarrollo Humano del PNUD. Pero no es el tema central, así que mejor sigo relatando la divagación.
Pensé que la campaña podría tener escenas cotidianas que plantaban frente a los rostros de la élite los efectos que la sociedad de privilegios ha causado en la población. Imaginaba en un cortometraje de la campaña la siguiente escena: Un hijo o hija de una acaudala familia guatemalteca llega a una fiesta en Miami en su jet privado. En medio de la fiesta, alguien le pregunta: – Tú eres de Guatemala, ¿verdad?, ¿es cierto que en tu país hay gente que se muere de hambre?. – El personaje no sabe qué responder y se retira hacia otra parte del salón. Alguien más le pregunta: – ala tú, alguien que lee los periódicos me contó que en tu país los niños nacen en los ranchos y no en hospitales, y que vio fotos de escuelas sin techo, donde los niños se sientan en la tierra y los más pilas en blocks, ¿es cierto? –.
Me emocioné pensando que la vergüenza podría hacer lo que ni los reportes de desarrollo humano, ni los movimientos sociales y ningún otro han podido hacer. Pero mi entusiasmo se desinfló a los pocos días cuando empecé a preguntarme si era probable que esas escenas, de preguntas sobre hechos vergonzosos, ocurrieran en reuniones de la élite. También, empecé a dudar si la élite se avergüenza por las mismas cosas que nos avergonzamos la mayoría. ¿Es motivo de vergüenza viajar en tu jet privado a hacerte chequeos médicos al metodista de Houston mientras tus coterráneos nacen y mueren en un rancho sin cuidados médicos? La pregunta anterior me llevó a otras: ¿nos considera la élite como sus coterráneos?, ¿sienten alguna relación por aquellos con los que comparten el territorio donde nacieron?, por lo menos porque son sus empleados que cortan la caña, llevan los libros de contabilidad de sus empresas, consumen el azúcar, el pollo, los huevos y otros productos de sus empresas?
Las pocas oportunidades que he tenido de estar cerca de algún miembro de la elite han sido eventos públicos en los cuales no he podido indagar sobre las preguntas descritas anteriormente. Probablemente alguno de los lectores tenga más oportunidades. Si es así, ¿puede por favor hacerles estas preguntas y contarme las respuestas? De ello depende que podamos apostar a una “campaña nacional contra los privilegios” basada en la vergüenza.
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Comentarios
Si acaso sienten vergüenza, basta con lavarla un poco a través de sus obras de beneficencia y caridad. Eso bastará para dormir con la conciencia tranquila.
2. El DRAE habla de privilegios reales (recibir por tener), graciosos (recibir sin mérito), locales (por ubicación) y odiosos (con perjuicio a terceros). No todos avergüenzan igual...
3. Momo señala una entre las funciones de autoafirmación que tiene la platita que va a limosnas en las esquinas,las obras caritativas, el pago de impuestos (aunque sea algo llega), los ritos sagrados, la indignación hecha blog. ¿Es la capacidad de autoafirmación otro privilegio?
4. Sería interesante escuchar de toca actuar el enfoque de la ética solidaria como motor del cambio.
Entonces, no se trata de renunciar a nuestro legítimo goce de derechos, pero quizá sí revisar cuáles son aquellos privilegios que tienen algunos grupos sociales, económicos o culturales que se alimentan de y retroalimentan la inequidad en Guatemala.
Entonces, si queremos que todas las personas gocemos nuestros derechos, muy seguramente algunos tendrán que renunciar a sus privilegios.
La pregunta, más bien, es qué hacer dadas esas circunstancias. Carnegie financió más de 2,500 bibliotecas (de las de verdad) entre 1883 y 1929. La transferencia solidaria de una parte importante de su riqueza a un pozo mayor de personas era una pieza clave de su ética de la riqueza, elemento cultural que sigue pesando sobre gente como Gates, Soros o Buffet, pero que brilla por su ausencia en Guatemala (aparte de su caricatura caritativa, como describe Momo).
Vale subrayar que esa avaricia no es prerrogativa sólo de los ricos, pus a menor escala se manifiesta, por ejemplo, en la muy católica limosna de Q5.00 que da el profesional que gana Q25 mil, y de Q1.00 que da el oficinista que gana Q8 mil. más bien, esto parece ser como la moda y la elección de nombres para los hijos: los de abajo siguen (seguimos) a los de arriba. De lo contrario cuesta entender el frecuente conservatismo - más bien el anti-progresismo - de la clase media urbana chapina.
Entonces, la vergüenza se perfila como ganzúa para abrir la conciencia: "no necesita ser así", que podría operar en dos planos: el de la comparación ("tus iguales del mundo civilizado no se portan así"), y el de la sobrevivencia ("ponete las pilas, papá, que si no cambiás y te haces socio de los de abajo, te van a comer el negocio los narco-ricos").
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