La ley del gallinero
- Miércoles 17 de Noviembre de 2010 00:00
- Escrito por TocaActuar
Se puede escapar - atribución: Farm Sanctuary - http://www.flickr.com/photos/farmsanctuary1/2162610423/Es evidente que los de arriba pueden abusar de los de abajo. Sin protección es fácil que los más débiles queden a merced de los más fuertes. Puede incluso argumentarse que para esto surgió el estado, para controlar el abuso de los pocos fuertes sobre los muchos débiles. Sin embargo, también es obvio que el estado puede abusar de los ciudadanos, y lo hace.
Ocasionalmente los débiles se cansan y rebelan contra los fuertes: Fuente Obejuna tuvo su momento, y Lope de Vega lo contó en teatro. Por ello Locke recomendaba salvaguardas, mientras Marx hizo ciencia de explicarnos cómo la nobleza medieval puso coto a la monarquía, cómo luego la burguesía urbana hizo lo mismo con la nobleza, tomó paulatinamente el poder político y económico y se convirtió en capitalista. En el camino los europeos inventaron el estado-nación. Quiso Marx también – con bastante menos éxito – predecir que los trabajadores haría otro tanto con los capitalistas en la alta modernidad. El problema es que quizá el Occidente se quedó sin proletarios a cambio de darle a cada uno su iPod. Pero eso es harina de otro costal.
Mientras tanto, en Guatemala parecemos estar construyendo un gallinero mejorado y más grande, donde los de arriba... bueno, usted conoce el dicho. Entre los ciudadanos predomina el poder de lo más grande: en la calle el carro más grande, ante la justicia la chequera más grande y, cada vez más, entre las personas el arma más grande. Sin embargo, como en un gallinero, no son sólo los de arriba los que abusan. Los del medio, a quienes les cae de arriba, hacen otro tanto con los que les siguen, y así sucesivamente.
Resulta entonces ingenuo pedir las cabezas de las altas autoridades – civiles, religiosas, militares, empresariales – sin reconocer que detrás de ellos viene otra camada, como dientes de tiburón, lista para tomar su lugar en el gran gallinero. Lo más terrible es que allí, en una de las hileras, más arriba o más abajo, estamos cada uno de nosotros.
“¡Yo no abuso!” saltamos indignados. Pero no se engañe: el abuso no necesita ser deliberado para ser abuso. ¿Piensa que las excenciones impositivas a su educación privada (o la de sus hijos) no viene a costa de la educación de otros en el campo? ¿Que la empleada de hogar adolescente en su casa no podría usar mejor su tiempo yendo a la escuela en vez de haciendo camas para usted, si tuviera la oportunidad? ¿Que por poner infraestructura de cable e internet en un vecindario de clase media no se dejó de hacer lo mismo en una aldea de Huehuetenango?
Los que vivimos en la capital, somos criollos o mestizos, de clase media para arriba, que comemos los tres tiempos y vamos al cine el fin de semana no somos simplemente, como equivocadamente diría un columnista bastante trasnochado, los que más trabajamos. Somos ciudadanos que, en esta Guatemala de desigualdad, vivimos en una burbuja de privilegio insensible, donde nuestra basura contamina el agua de otros, nuestra gasolina ensucia el aire de otros, nuestra comodidad insulta la dignidad de tantos, y nuestras oportunidades han excluido las de otros.
Ahora bien, no se trata de crear culpas, así que no salga corriendo a tirar el iPod a la basura. Más bien, se trata de crear conciencia y, a partir de ella, construir solidaridad. Así, cuando vea que le dan trescientos quetzales a una madre soltera por llevar a los chicos a la escuela, no empiece por alegar que se está fomentando la mendicidad. Sí, el programa de “Mi familia progresa” es manejado de forma opaca y arbitraria, pero eso es otra cosa. Usted y yo, empresario, oficinista, bloguera, artista urbano... tenemos ratos de recibir privilegios, y ni siquiera nos hemos dado cuenta. Empecemos por reconocer que estamos más arriba en el gallinero ingrato que es Guatemala, y que toca devolver algo a los de abajo: primero a los más cercanos, pero teniendo bien claro que para ajustar las cuentas de la desigualdad necesitamos la solidaridad de un estado más justo, y de un mercado más accesible para todos.
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