Juzgando por las apariencias (viales)
- Viernes 10 de Diciembre de 2010 00:00
- Escrito por Momo
Peligro en el camino - atribución: Momo - www.yahoraquemucha.comMi carrito no está polarizado, no tiene aire acondicionado, ni alarma, ni cerradura central, ni ventanas eléctricas, con su bocina quemada emite algún balido (baa-a-a-a) que da más pena que orgullo, pero su radio (de fábrica) AM/FM todavía funciona. Mi carrito no es “la gran cosa”, pero tengo vehículo y como me recuerda un amigo por ahí, soy una de las personas privilegiadas de la ciudad que no está necesitada de subirse a una camioneta todos los días arriesgando el pellejo.
Pero tener vehículo me lleva a “enfrentarme” con el tráfico neurotizante de la ciudad y a observar y reflexionar sobre el comportamiento propio y de extraños(as), y de cómo somos detrás del volante. Así, me confieso como una persona que juzga por las apariencias, por las apariencias viales, si es posible decirlo. No tengo evidencia científica de que la forma de manejar tenga relación con nuestro carácter o la personalidad, pero –según yo– debe haber más de alguna. Entonces, me fijo en cómo maneja la gente y la imagino en su ámbito cotidiano, con su familia, con sus amigos(as), en su trabajo. Y digo: “Híjole, a ese que me está bocinando para que me pase el semáforo en rojo porque no hay carros, no quisiera conocerlo”… pero resulta que va a dejar a su hijo al mismo colegio de los míos, así que seguro le conozco.
Por eso, cuando estoy en el tráfico de la ciudad me preocupo y me angustio, porque si nuestro comportamiento vial es reflejo de nuestro comportamiento cotidiano, resulta que nosotros(as) mismos(as) somos unos(as) neuróticos(as), hechos(as) y derechos(as). Resulta también que estamos aportando a la situación de violencia en el país (esa de la que tanto nos quejamos) con nuestra prepotencia, egoísmo y falta de consideración y de respeto. No estoy hablando de casos extremos de disparar contra alguien por habernos rebasado, me refiero a esas cosas más pequeñas pero frecuentes, como negarnos a usar el carril derecho si queremos ir más despacio, y no permitir a otros rebasar por el lado izquierdo. O no tener suficiente paciencia y colarnos en la fila, metiéndonos en vías que no corresponden. O no ser capaces de poner el pide-vías para avisar que vamos a cruzar, o las luces de emergencia cuando necesitamos parar. Qué importa que nos autoproclamemos evangélicos con nuestro emblema de pececito o católicos con nuestra calcomanía de rosario y de la Virgen María, si no podemos contener nuestros bocinazos contra los peatones para que crucen más rápido la calle, sabiendo que aquí y en la China el peatón lleva la vía.
Quizá es ingenuo pensar que cambiando nuestro modo de manejar podemos disminuir la violencia en nuestra vida, pero me atrevo a proponer que hagamos la prueba. Se trata de salir con tiempo, de respirar hondo y contar hasta diez (o cien, o mil), de refrenar nuestros impulsos de bocinar, de pedir la vía, de dar la vía, de respetar el turno de quien llegó primero, de ser corteses y de apreciar la cortesía. Si resultara ser cierto eso que dicen por ahí, que la historia se construye en la cotidianeidad, tal vez con el tiempo la ciudad sea menos agresiva y nos den más ganas de conocernos unos(as) y otros(as).
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