Dar es dar
- Miércoles 05 de Enero de 2011 00:00
- Escrito por Carles Darío Bardal
Para tí - atribución: TocaActuar - www.yahoraquemucha.com¿Alguna vez has tratado de convencer a alguien que no te conoce que te dé algo que no puedes devolverle y por lo que no le puedes compensar? La última vez que me pasó, en el aeropuerto de un país lejano, no tenía dólares suficientes para el impuesto de salida y los cajeros estaban fuera de servicio. Mis maletas estaban documentadas y mi pase de abordar impreso. A media hora de despegar.
Hay que pedir. El primer recurso es despertar empatía: que las personas sientan lo que estás viviendo y piensen que también podría pasarles a ellas. En la Insoportable Levedad del Ser, Kundera explica la compasión como el sentimiento que evita seamos indiferentes al sufrimiento de los demás; para él, ese “compartir los sentimientos” es un acto de imaginación afectiva, de telepatía emocional.[1] El acto caritativo que resulta de la compasión convoca a dos sujetos: el que puede dar y el que necesita pedir. Dar es una forma de agradecer que podemos dar y que no tengamos que pedir, pero también es la única base para esperar que, si alguna vez necesitamos pedir, encontraremos personas con igual generosidad.
Otro recurso es el miedo. Un acto de intimidación nos persuade a dar lo que nos pidan para evitar ser lastimados. La vez que me pidieron el celular a punta de pistola, instantáneamente comparé fuerzas, acepté mi posición de desventaja y accedí a las demandas del agresor. En esta transacción también hay dos sujetos: el que pide a cambio de no agredir físicamente, y el que da, a cambio de no ser físicamente agredido. Dar es una forma de reconocer la capacidad destructiva del otro, de valorar la propia integridad más que las posesiones, y de reducir al mínimo posible las consecuencias del acto violento.
También damos por imposición. Weber define el Estado como una forma de dominación de hombres sobre hombres que se sostiene porque el Estado reclama para sí (con éxito) el monopolio de la violencia física legítima.[2] Impone los tributos sobre la base de su capacidad coercitiva, y éstos por definición no requieren contraprestación directa hacia los contribuyentes.[3] Las consecuencias de no tributar están establecidas, y en la medida que el Estado sea capaz de hacer cumplir la ley, escogemos tributar para evitar las penalidades asociadas a no hacerlo.
El fisco es un intermediario. Sin embargo, el Estado cumple también una función de agente mediador entre quienes contribuyen, quienes reciben bienes o servicios colectivos o individuales financiados con los tributos, y quienes tienen contratos laborales o corporativos para prestar los servicios, proveer los insumos o generar los bienes. Esto puede dar lugar a sentimientos como la solidaridad o la responsabilidad ciudadana a la hora de tributar. En realidad puede ocurrir que no estemos contentos con los principios de justicia detrás de la distribución de las cargas,[4] ni con el destino final de las asignaciones, ni con el despilfarro en el uso del dinero público. Pero es una obligación legal, moral o ética con la cual cumplimos.[5]
Pedir puede ser un oficio. Algunas personas han convertido su capacidad de provocar compasión en una forma de vida. Bajo la etiqueta de la mendicidad hay un amplio espectro de situaciones, como la discapacidad, frente a la cual no existen políticas públicas; la explotación infantil, donde hay leyes, políticas e instituciones sin mayor efectividad para resolver el problema; la ancianidad, para la cual no existe verdadera protección social; y las adicciones, especialmente cuando llegan a la ruptura total de redes sociales, la vida en la calle. Como problemas sociales son material para sobremesas elocuentes y cafés controvertidos; como situaciones de vida de las personas reales que se acercan a nosotros, son algo muy diferente, y esas monedas que podemos darles no van a cambiar su vida, y las que preferimos guardarnos tampoco cambiarán la nuestra.
Otra cosa son los oficios callejeros. Los acróbatas y malabaristas, los limpiadores de vidrios, los cuidadores de autos (antes, los traga-fuegos) se han inventado oficios para atenuar el paro. Nos prestan un servicio no solicitado, aún sin saber si les daremos una moneda. Aquí hay redes de explotación de migrantes, de niños, de adolescentes. Es verdad. De eso se trata hacer la calle en la pobreza urbana más extrema. Las alternativas violentas y las degradantes llegan después, con la edad.
Formas no estatales de lo público. Hay entidades dedicadas a movilizar recursos desde quienes tienen hacia quienes lo necesitan, incluyendo ONG, fundaciones, seguridad social, asociaciones mutuales, de auxilio póstumo y otras. ¿Cuál es el tipo de sentimiento moral que motiva estas contribuciones? A veces la compasión, a veces la solidaridad. Esta última, parafraseando a Rorty[6], no es solo un sentimiento moral sino un imperativo ético, en la medida que - como señala Pensky[7] - en la vida real nuestras apuestas solidarias y nuestras concepciones de justicia están conectadas. Habermas lo resume diciendo que la solidaridad es el reverso de la justicia, y agrega que se manifiesta como una extensión de las lealtades de grupo hacia colectividades más amplias.[8] En el mundo de las multitudes interconectadas por la globalización, estos imperativos éticos y solidaridades planetarias evocan la propuesta de Holloway: cambiar el mundo sin tomar el poder.[9]
Pero todas esas no son más que palabras. Lo que necesitamos es un criterio práctico ante situaciones concretas. La próxima vez que alguien con aire despistado, acento extranjero y cara de angustia nos pida treinta dólares (¡Queeeeé!) para pagar su impuesto de salida, ¿qué haremos? Cuando el niño, que seguramente será apaleado si no lleva su cuota mínima al final del día, acerque su carita todavía inocente al vidrio de nuestro auto, ¿qué haremos? El consejo del Dalai Lama[10] ofrece una respuesta unívoca: si quieres que los demás sean felices, practica la compasión; pero si eres tú el que quiere ser feliz, practica la compasión. Respeto que haya formas de dar que te resultan inaceptables, pero date la oportunidad de compartir lo que eres, lo que sabes y lo que tienes: cómo y a quién das, es tu elección personal.
Notas
1. Kundera, Milán. La insoportable levedad del ser. Publicada originalmente en 1984, la versión cinematográfica (con Daniel Day Lewis y Juliette Binoche) se estrenó en 1987. Tusquets editores la publicó en español en 1985.
2. Weber, Max. El politico y el científico. Pag. 3.
3. Dalton, Hugh. Principles of Public Finance (Principios de finanza pública) (1923). Routledge Library Editions. Reimpresión de 2003. Pp 27-28.
4. Para Adam Smith, (La Riqueza de las Naciones, 1776) los principios tributarios son cuatro: equidad (pago proporcional al ingreso), certidumbre en monto y tiempo, conveniencia (el mejor momento y lugar de recaudación para los contribuyentes) y economía (el costo de la administración tributaria debe ser el mínimo posible).
5. Rawls, John. Collected Papers: Legal Obligation and the Duty of Fair Play (Obligación legal y deber) (1964). “The duty of fair play bind us to pay tax […] since we have accepted […] the benefits of the fiscal system to which the income tax belongs”. Pp. 127.
6. Rorty, Richard. Contingency, irony and solidarity (Contingencia, ironía y solidaridad), Cambridge University Press, 1986. Pag. 148.
7. Pensky, Max. The Ends of Solidarity: Discourse Theory in Ethics and Politics (Teoría del discurso en la ética y la política), SUNY Press, 2008. Pag 2.
8. Ingram, David. Habermas: Introduction and Analysis (Habermas: introducción y análisis). Chap 5 Discourse Ethics. Cornell University Press. Pag. 135.
9. Holloway, John. Cambiar el mundo sin tomar el poder: el significado de la revolución hoy. Ediciones Herramienta.
10. Tenzyn Gyatso, the Fourteenth Dalai Lama. Compassion and the Individual (Compasión y el individuo).
Agregue esta página a sus favoritos
| < Anterior | Siguiente > |
|---|

















