La expresión y el voto no alcanzan
- Miércoles 19 de Enero de 2011 00:00
- Escrito por Walter Flores
Hazte escuchar - atribución: Juan Soriano - http://www.flickr.com/photos/tutuwon/2497189999/¿Qué han ganado sus países con la democracia? Anteriormente relate cómo esta pregunta, lanzada por un colega africano, me hizo reflexionar sobre dos temas: la libertad de expresión y el voto. Aquí examino la dimensión de esos logros.
Tener la libertad de expresarnos no es un logro menor para una sociedad que hace treinta años asesinaba a sus ciudadanos por ello. El veto mortal a la expresión no era solo para los intelectuales. También era para todo aquel que estuviera en desacuerdo con el statu quo. Dan cuenta de ello los más de 100 campesinos acribillados frente a la municipalidad de Panzós, adonde habían llegado a expresar su inconformidad por el despojo de tierras.[1] Ahora tenemos una relativa abundancia de formas para expresarnos y hay también una mayor cantidad de personas dispuestas a hacerlo. Este avance, siendo ecuánimes, no es un logro únicamente de nuestra incipiente democracia, sino también del desarrollo tecnológico que nos permite utilizar mecanismos que no teníamos antes. Este blog es un ejemplo.
La libertad de expresión no es ahora derecho exclusivo de la élite ni de los que ostentan el poder. Los campesinos y la población rural recurren a ese ejercicio constantemente para expresar inconformidad con la situación agraria, la minería y los megaproyectos. Aún con lo importante que es la libertad de expresarnos, es a todas luces insuficiente. Nos expresamos porque queremos que cambie aquello que nos causa inconformidad, y que las autoridades, o quien corresponda, actúen sobre ello: una campaña ilegal de candidatos a la presidencia, el cierre de las minas, empresas de seguridad privada con débil regulación, etc. Sin embargo, la mayoría de veces las autoridades no se inmutan ante lo que expresamos. En otras ocasiones aplican medidas que parecen acción, pero que en realidad dilatan y hasta burlan las demandas de la población. El cierre de la mina Marlin es un ejemplo.
Tener la libertad de expresarnos no es un logro menor para una sociedad que hace treinta años asesinaba a sus ciudadanos por ello.
El hecho que las autoridades actúen en contra de lo que demanda la ciudadanía, aún ante los mismos que las eligieron, no es un problema únicamente de la incipiente democracia guatemalteca. En una democracia madura y consolidada como la inglesa, la sociedad, inequívocamente y por todos los medios, incluyendo manifestaciones masivas, se opuso a que Inglaterra invadiera Irak junto con los EEUU. A pesar de ello, Tony Blair arrastró al país hacia una guerra que muchos analistas siguen sosteniendo, fue ilegal.
José Saramago, quien era un maestro en encontrar contradicciones en las cosas y personas que usualmente creemos que no se equivocan, dijo que la democracia tiene una severa contradicción interna en relación al proceso eleccionario y la delegación de poder que se hace en los que han sido electos: “el acto de votar, siendo expresión de una voluntad política determinada, es también simultáneamente un acto de renuncia al ejercicio de esa misma voluntad”.[2] Agrega que este acto de renuncia a nuestra propia acción política, al elegir a una minoría que gobierna, solo finaliza cuando suceden las siguientes elecciones. Por ello sostenía que el ejercicio democrático del voto “nada tiene de democrático”. Luego de su dura crítica a la democracia, Saramago aclara que sigue creyendo en ella, pero que esto no le impide darse cuenta que tenemos problemas serios con los “ modelos incoherentes e incompletos de democracia que existen en el mundo”.
Boaventura de Sousa Santos, otro portugués notable, ha venido sosteniendo por más de una década que es imperativo “democratizar la democracia”.[3] Una forma para hacerlo es movernos de una democracia que es exclusivamente representativa (donde votamos por los que nos van a representar en el gobierno) hacia una democracia participativa (donde los ciudadanos ejercen el gobierno). De Sousa Santos agrega que la democracia sin participación ciudadana directa es un mero formalismo. La invención de los presupuestos públicos participativos en Brasil y la introducción de plebiscitos a medio término para revocar o reafirmar a las autoridades de turno en Bolivia son innovaciones inspiradas en el deseo de fortalecer las conquistas democráticas.[4]
Sin lugar a dudas necesitamos consolidar nuestras conquistas democráticas en Guatemala. También necesitamos ampliar el listado de conquistas. Entre los logros a conquistar está la necesidad de que las gobernaciones departamentales sean puestos de elección popular, la posibilidad que los comités cívicos sean aceptados para competir por los puestos de elección en el gobierno nacional, que los mecanismos actuales de participación ciudadana en los asuntos de gobierno (por ejemplo, el sistema de consejos de desarrollo urbano y rural) dejen de “aconsejar” y se conviertan en cuerpos con decisiones vinculantes para la política pública. Seguramente los lectores de este blog tendrán otras y variadas prioridades por conquistar. Eso es positivo.
Aún cuando la libertad de expresión y el voto son a todas luces insuficientes, son las bases que tenemos para demandar y alcanzar otras conquistas. Nos toca ayudar a que más y más ciudadanos sean parte del ejercicio de expresión, y que la renuncia temporal que hacemos de nuestro poder político al votar, valga la pena.
Notas
1. Sandford, Victoria (2009). La masacre de Panzós: Etnicidad, tierra y violencia en Guatemala. F&G Editores. Guatemala.
2. Saramago, José (2006). El nombre y la cosa. Fondo de Cultura Económica, ITESM. México. Pág. 29
3. Boaventura de Sousa Santos (2004). Democratizar la democracia: Los caminos de la democracia participativa. Fondo de Cultura Económica. México.
4. Evelina Dagnino, Alberto Olvera, Aldo Panfichi. Innovación Democrática en América Latina: Una primera mirada al proyecto democrático-participativo. CLACSO, Buenos Aires, 2008.
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