Con los pechos al desnudo
- Lunes 07 de Febrero de 2011 00:00
- Escrito por Yolanda
Agridulce - atribución (fragmento): Julio Romero de Torres - http://museojulioromero.cordoba.es/web_esp/obra/museo/ver.asp?ObraID=62Estoy un poco harta de este lugar, donde la sensualidad es gozada y a la vez reprobada. Desde la censura se cree que las mujeres que vivimos el erotismo nos ofrecemos como objeto sexual. Desde el goce, el deseo es evidente. De las dos cosas sin ninguna duda prefiero el goce, el deseo. Pero es muy distinto cómo vivo yo el deseo y el erotismo, de cómo se vive social y culturalmente.
Encuentro algunas diferencias entre el erotismo y deseo femenino, respecto al masculino. Cuando las mujeres deseamos, no invadimos el cuerpo de los otros. Cuando los hombres desean, invaden desde la mirada y, algunos –vergonzosamente para el ser masculino– invaden los cuerpos de las mujeres violentándolos de muchas maneras: físicas, psicológicas, simbólicas. El lenguaje corporal y erótico es, o debería ser, una medida de sentido común sobre los límites: saber si hay reciprocidad en el deseo del otro/la otra. Sin embargo, en el caso de las mujeres, socialmente hemos aprendido a asumir que la corporeidad erótica[1] de la mujer es, por naturaleza, el camino que conduce al acto sexual físico. Nada más lejos de ello. La sensualidad se vive en unidad espiritual con el cuerpo, en la dimensión de Eros (vida y placer) donde el erotismo no es objeto sexual.
Pareciera inconcebible vivir la sensualidad y el erotismo de la mujer, sin pensarla como objeto. Claro, hay mujeres que han caído en esta trampa, tanto para responder al parámetro modelo como para reprimir su propio erotismo.
Yo, queriendo rebelarme frente a todo ello, he amanecido desde hace algunos días con las ganas de realizar un acto simbólico: quitarme el brassiere, y sentir así la libertad de mi cuerpo. Pero no me desprendo aún del peso sociocultural y opresivo de mi sexo. Se lo he planteado a mi marido y –curiosamente– no me habló de lo que podría representar en mi ambiente, de cómo podría recibirse, o de por qué él no querría algo así. No me cuestionó por tan atrevida idea. Me criticó, aduciendo que ya no soy una joven y que la gravedad es evidentemente una “limitación” para andar con los pechos al desnudo. Increíbles las distintas maneras de opresión que se ejercen en ese sentido. Increíble que yo todavía le pregunte.
No se necesita ni tener pechos firmes ni jóvenes para poder vivirlos libres. En todo caso, en su firmeza o su flacidez, la intención es liberar mi cuerpo y desafiar al ojo opresor, o al que me desea, para decirle con más libertad que mi cuerpo solamente es mío, y soy yo quien decide sobre él.
Hace algunos años tuve un sueño que me pesó por muchos días: soñé que salía desnuda a la calle. El impacto del sueño fue tal que viví la culpa por un tiempo, como si realmente hubiera ocurrido. A tal grado es el pudor impuesto.
Ahora pienso que sería mejor la desnudez. Se evitarían las miradas invasoras y no existiría la idea de apropiación del cuerpo femenino.
Notas
1. No estoy haciendo referencia aquí a la mujer como ese objeto generado por el mercado de la moda y el sexo, que utiliza el ser femenino para vender los cuerpos. Una “belleza” construida, maquillada, materializada, impuesta: “La corporeidad es un concepto más integral constitutivo de la persona humana; se refiere a la vivencia corporal y espiritual (objetividad-subjetividad) de la persona. La corporeidad nos presenta el cuerpo y el alma en una indisoluble unidad. El cuerpo nunca es sólo ‘materia viva’, es precisamente cuerpo humano, porque está informado por un alma racional.” (Diccionario de Bioetica Web)
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