Exorcismo guatemalteco
- Lunes 25 de Abril de 2011 00:00
- Escrito por TocaActuar
¡Fuera, fuera! - atribución (imagen): http://symboldictionary.net/library/graphics/symbols/glossarymarduktiamat2.jpg¿Qué significa ser de aquí, ser guatemalteco? Como ciudadano guatemalteco tengo una variedad de derechos de cara al estado. Los más visibles - este año especialmente - son los derechos políticos de elegir y ser electo para un cargo público. Sin embargo, son nuestros derechos de una gran variedad: desde los más amplios derechos humanos - la vida, la salud y la educación - hasta los puntos más específicos que marca la ley bajo el manto de mi ciudadanía.
En el marco de esa misma ciudadanía guatemalteca puedo participar en la economía nacional. Como empresario, empleado, comerciante independiente, autoempleado y subempleado, tengo la posibilidad de poner y tomar en el mercado, intentando asegurarme el sustento diario, a cambio de producir algo que otros valoran. Incluso como desempleado, si derivo apoyo material de los demás, será porque estoy dentro de la economía nacional.
Pegada a estas ciudadanías política y económica hay otra, la cultural. Como guatemalteco participo - por nacimiento - de un ambiente en que las cosas tienen un significado propio, compartido con aquellos que son igualmente guatemaltecos. “Tamales los sábados”, “mojarras en Amatitlán”, “Antigua el domingo”, son apenas tres conceptos que, con sólo nombrarlos, evocan un conjunto de prácticas y significados que nos son enteramente particulares como gente de estas tierras.
En la práctica la cosa resulta bastante menos que ideal. Si bien el mercado se presenta como aspiración legítima, en Guatemala participar en la economía es derecho de pocos. El empleo paga muy desigualmente, la competencia es ahogada por los monopolios, y el que se lanza al empresariado debe lidiar con una burocracia tramposa y leyes inciertas. Mientras tanto, la ciudadanía política es igualmente una aspiración remota: aunque se vote, los derechos humanos y ciudadanos valen poco si la muerte está a la orden del día, la policía es débil y la salud y la educación no alcanzan para todos. Nuestra ciudadanía cultural también tiene un lado muy oscuro, caracterizado, por ejemplo, en nuestro uso extendido del término “masacre” para definir todo tipo de hechos positivos y negativos. La baja solidaridad ya no es simple ausencia de cultura de unión, sino incluso señala una cultura de distanciamiento social deliberado.
Quizá toque ser menos guatemaltecos. Reconocer aquellas cosas que, más que ayudar, estorban.
El resultado es que, con el paso del tiempo nos hemos inventado una identidad, una guatemalidad, que se basa en negar lo que somos: la aspiración del guatemalteco es dejar de serlo. Tanto así que pagamos para escapar de la ciudadanía. El que puede se suple de una y mil cosas que le transplanten fuera de esta tierra: los viajes periódicos a Miami. En casa, las talanqueras y guardias que piden cédulas (perdón DPI), para dejar fuera a la "shumada" que son los demás ciudadanos; el cable en inglés, la bomba de agua para olvidar que realmente no llega agua a toda hora. Nuestros padres nos marcan desde el primer momento como escapistas, igual pegando un aspirante “Jéison” al apellido Martínez que al Pirir. Y si el apellido no es local, ni hablar: es pegarle a la lotería. Cuando la cosa ya no da para más, la huída es física, al Norte, y luego pasamos el resto de la vida en nostalgias de una tierra que no existe.
Esta es, entonces, la propuesta paradójica: para ser mejores guatemaltecos, quizá toque ser menos guatemaltecos. Quizá toque “desguatemalizarnos”: reconocer aquellas cosas que tenemos ya metidas en el DNA nacional que, más que ayudar, estorban. Antes que huír, acaso lo que toque sea expulsar los demonios que nos tienen poseídos, reconocer más fríamente nuestras limitaciones, y disponernos a superarlas. Aquí propongo algunos objetos para desalojar:
- La cobardía de pensar que con impuestos quebrará la “gran” industria guatemalteca;
- La inconciencia de creer que la ley no se me aplica a mí;
- Pensar que dar vía en la calle a otros vehículos es muestra de debilidad;
- Cargar un arma para “defendernos”;
- Aceptar la vergüenza o la burla ante un apellido indígena, cuando el hecho vergonzoso es que prácticamente todos los ladinos, e incluso algunos indígenas, no sepamos un solo idioma maya;
- Callar en vez de reclamar, cuando el servicio que nos dan en el banco o en el supermercado es malo, porque es "mucha molestia";
- Sofocar a los hijos e hijas con pedir permiso para todo hasta la adultez, cuando pueden hacer vida propia y ser responsables;
- Condenar a las hijas a la cocina, el silencio y el embarazo temprano, cuando pueden tener trabajo, voz y sexo sin miedo;
- Quejarnos por la política y los políticos, en vez de tomar su lugar, si no nos gusta cómo lo hacen;
- Atrevernos a trabajar con la administración pública, aunque no necesitemos hacerlo, porque la patria lo necesita.
Le invito al exorcismo nacional. Si yo pongo el agua bendita del esfuerzo y usted el incienso del cambio, tal vez entre todos logremos sacar estos diablos.
Agregue esta página a sus favoritos
| < Anterior | Siguiente > |
|---|

















