Certificarse Maya
- Miércoles 24 de Agosto de 2011 00:00
- Escrito por Yolanda
"Quetzales y ágilas bicéfalas: un textil, dos mundos" - Guipil - atribución: ¿Y ahora qué, muchá?Nací en un pueblo de Guatemala donde conviví entre la población indígena y ladina. Un elemento siempre presente en mi memoria son los domingos de plaza. Esta esa es la razón por la que me gustan tanto los mercados. Ahí me traslado a la niñez, cuando todo se llenaba de colores y sabores: el rojo del tomate, como el de las cintas de las trenzas de las mujeres o las sandías partidas por la mitad, que me hacían agua la boca; el amarillo del maíz, como la olorosa flor de muerto o el sol que ardía al medio día; el verde de las guayabas que despedían ácido como los limones. Sobresalían los colores güipil, como el pitaya, el mostaza, el verde y el azul.
Sólo nuestra memoria es capaz de guardar color-sabor-tiempo-sentido, así como sólo la mano humana es capaz de trasladar los hermosos colores de la naturaleza a la ropa, al arte, y darles significado. Así fue la historia de los güipiles y la ropa indígena: distinguirse según colores, diseños y lugares entre los diferentes grupos de origen maya. Entre la ropa indígena, los güipiles se convierten en historia, ciencia (pues las diferentes series de diseños, según colores y tamaños en una forma ordenada y creativa son muestra del conocimiento matemático de las mujeres mayas), memoria, lenguaje e identidad. En ellos se reflejan la naturaleza, los animales, las flores, los puntos cardinales, el sol, el maíz, la vida.
Siendo originaria de una familia mestiza fui educada con una fuerte inclinación hacia el mundo ladino, a pesar de que vivía en un barrio y en un pueblo donde mucho era indígena. Año con año en mi niñez, sólo el 12 de diciembre era un día “permitido” para portar el traje indígena. Ya ustedes conocen esa historia. Los siguientes trescientos sesenta y cuatro días eran marcados por la vestimenta y la vida diferenciadas.
En estos tiempos muchas cosas han cambiado y tenemos la oportunidad de pensar un futuro distinto.
Hace unas semanas leí la declaración de un grupo de jóvenes mayas que demandaban a las y los candidatos no utilizar trajes indígenas en las campañas electorales, porque ello representaba una burla para los pueblos indígenas. Aunque la demanda se centraba en el uso de trajes en el proselitismo político, en lo personal me trajo otras reflexiones.
Recuerdo muy bien que en los años ochenta, cuando muchas mujeres empezaron a cambiar su ropa étnica por la ropa "ladina", eran fuertemente señaladas por su transgresión, no sólo al abandonar su propio traje, sino también por atreverse a llevar la ropa “ladina”, lo cual era una irreverencia total al mundo ladino dominante. La demanda de los jóvenes mayas me hizo sentir que estaba pasando algo similar a aquellos años de cambio social, al prohibir el uso del traje indígena a las y los candidatos no mayas.
Para mí este no es un tema nuevo, por eso no quise quedarme callada. Considero que ganamos más discutiendo sobre lo que significa portar un güipil, una chaqueta (cotón), un sombrero, un morral, etcétera, que prohibiendo su uso. Si yo pudiera libremente elegir, me encantaría portar el traje q’eqchi’ –aunque no soy descendiente de este grupo– pero la prohibición ha sido dolorosa. En mi cotidianeidad también he sido señalada por llevar güipiles, y eso que no soy candidata de ningún partido político.
En estos tiempos muchas cosas han cambiado y tenemos la oportunidad de pensar un futuro distinto. Me encanta ver a las mujeres mayas, cuando un día portan su traje étnico con mucho orgullo y al otro día llevan jeans. Eso no les quita ni interfiere en su identidad. Para los no indígenas, mestizos o ladinos, el 12 de diciembre ya no es el único día donde se puede portar ropa indígena, cada vez es más común ver su uso en diferentes días y por diferentes personas. Por esta razón, no puedo estar de acuerdo con la demanda o prohibición del uso de los trajes indígenas. Antes que una ofensa, interpreto estos cambios como un logro de la lucha, movimiento y resistencia de los pueblos indígenas.
El fondo de mi reflexión es que no demos lugar a tener que certificarnos mayas para vivir con esta cosmovisión. Muchas veces he soñado –sin idealizar– que fuera la cosmovisión maya nuestro paradigma político, filosófico y ético de vida, y no cualquiera de los otros que tanto daño han provocado.
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