¡Mi voto será en blanco!
- Lunes 24 de Octubre de 2011 00:00
- Escrito por Samoth
Voto en Blanco - Hijo del Hombre (fragmento) - René MagritteNo es indecisión, yo ya estoy seguro: ¡Ninguno me convence! Es que más bien, los dos son lo mismo. Analizándolos con objetividad ¿qué diferencias hay entre ellos? Muy pocas, o ninguna de tanto peso como para inclinar la balanza.
Por un lado, Otto Pérez representa ese pasado obscuro y nefasto de botas militares pisoteando la humanidad de este país y del mundo; Manuel Baldizón personifica el cada vez mayor oportunismo político y el rentable negocio personal a cuenta del Estado que también pisotea a la humanidad, y para parecerse un poco más a su contendiente, ha publicitado la pena de muerte como remedio a todo mal. El primero pasó por la politécnica, el segundo por el Adolfo V. Hall.
Los planes de gobierno de ambos, distintos en el color de la portada, no son más que pliegos y pliegos de buenas intenciones. ¿Cómo se financiarán las promesas de más educación, más salud o más seguridad? Jamás podrán cumplirse si no se acompañan de una política fiscal coherente y de una rigurosa y democrática reforma del Estado para hacerlas transparentes, evaluables y efectivas.
Quizá Baldizón ha sido el más despilfarrador -por astucia y por descaro- en promesas demagógicas, al ofrecer un impuesto único (flat tax) del 5% y el pago de un bono 15 que se deduciría del Impuesto de Solidaridad. Estimaciones sobre la recaudación que podría ser lograda con el 5% revelan una caída de los ingresos tributarios en cerca del 50% con respecto a la recaudación actual. De ser electo presidente, el 14 a las 14 deberá retractarse ante la población y ofrecer excusas por sus disparatadas propuestas, y no pasará nada más. Lo mismo hará Otto Pérez, cuando le pidan resultados en materia de seguridad.
El 6 de noviembre, doblaré en cuatro la papeleta y la dejaré intacta.
Ahora bien, mientras una buena parte de la clara derecha del país se ha acercado a Otto Pérez, la (más o menos) izquierda del país ha dicho que apoyará a Baldizón, con tal de que no quede un militar genocida. Pero, no hay planteamientos de izquierda o de derecha en esta novela electoral, solo excusas y pretextos, y un millón de razones personales y de negocios privados para apoyar a uno o a otro. No me convence la derecha con su eslogan de luchar contra la corrupción, de la que también ellos son parte; tampoco me convence la izquierda y su argumento de apoyar al menos malo.
Si la gente de izquierda tuviera más visión de Estado y menos ambición, hubiera tenido un plan B listo para hacer frente a la casi esperable salida de su candidata. Rigoberta Menchú ha decidido jugar el mismo juego y se ha hecho de la vista gorda ante la pena de muerte. Esto en lugar de aprovechar el momento político para hacer la diferencia y ganar adeptos para el futuro al distanciarse de ambos candidatos, cuyos gobiernos serán de pocos, pobres o nulos avances para la democracia. ¡Poca lucidez y consistencia!
Lo reitero. No es indecisión, yo ya estoy seguro: ¡Ninguno me convence! Es que más bien, los dos son lo mismo. Analizándolos con objetividad ¿qué diferencias hay entre ellos? Muy pocas o ninguna de tanto peso como para inclinar la balanza. Tampoco pretendo votar para castigar más a uno que a otro. Afortunadamente, no soy cuota de nadie. Mi voto será en blanco y será mi derecho a decir que no me gusta esto.
Iré el 6 de noviembre, doblaré en cuatro la papeleta y la dejaré intacta, aunque me gustaría escribir algunos improperios. Pero no quiero que sea un voto nulo, sino una manifestación en contra de esto que anticipadamente y aún sin tantos brillos osamos llamar democracia; con sus medios privados y sus trinquetes, con sus partidos formados para el negocio y no por ideología, con sus millones de niños con hambre y sin escuela y sus miles de ciudadanos analfabetas.
Ahora sí, usted y yo, los “sin candidato y sin partido” debemos entender que esto no lo podemos hacer cada cuatro años. Urge organizarse como sociedad y comenzar a fomentar espacios ciudadanos para tomar decisiones, arremangarse la camisa y entrar a luchar por ganar espacios en la política sin que esto signifique venderle el alma al diablo. ¿Qué haremos al respecto? Lo podemos discutir en otra columna.
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