El crimen de los inocentes
- Miércoles 18 de Agosto de 2010 21:15
- Escrito por TocaActuar
Yo sé lo que el mundo le ha hecho a mi hermano, y cuán estrechamente lo ha sobrevivido. Yo sé, lo que es peor […] que han destruido, y siguen destruyendo, cientos de miles de vidas, y no lo saben, y no quieren saberlo.
J. Baldwin
Viejas y duras cadenas - atribución (foto): zackzen - http://www.flickr.com/photos/zackzen/2597031832/sizes/m/in/photostream/En Diciembre de 1962 The Progresive (El Progresista) publica la “Carta a mi sobrino” de James Baldwin, escritor y activista negro estadounidense. En ella Baldwin relata a su pariente y tocayo la historia terrible que resumo en el texto del epígrafe. “Este es el quid de mi disputa con mi país”, explica. “Naciste donde naciste, y enfrentaste el futuro que enfrentaste porque eras negro, y por ninguna otra razón.”
La reconstrucción que en 1862 inaugurara Lincoln con la proclama de la emancipación de los esclavos se detendría apenas quince años más tarde, al reinstalarse de hecho la segregación en el Sur. Esta pérdida de impulso la pagarían muy cara los Estados Unidos, y su fruto amargo llegaría a la madurez poco más de 100 años después, cuando en 1968 fuera muerto Martin Luther King.
Sin embargo, el legado de Baldwin a su sobrino no está en la revisión de una historia ya conocida, más aún, vivida a diario por los afroamericanos. Está, en primera instancia, en la determinación del problema: no deben sorprendernos la destrucción y la muerte, pues ellas han sido la suerte de la mayoría de la humanidad. Sin embargo, subraya, “no es admisible que los autores de la devastación también sean inocentes. Es esta inocencia la que constituye el crimen.”
Más sorprendente aún resulta la recomendación, cuando dice: “lo realmente terrible, querido, es que tú debes aceptarlos, y aceptarlos con amor, porque esta gente inocente no tiene otra esperanza. Están atrapados en su historia, y mientas no la comprendan, no podrán escaparla.” Estas palabras, paradoja de amargura y generosidad, son tremendamente pertinentes para Guatemala, donde la opresión por razón de identidad es una realidad cotidiana. Salvando el abismo entre esclavitud y exclusión: la probabilidad de morir en la infancia o de entregar la vida dando a luz, la probabilidad de vivir analfabeta, de no tener acceso a agua limpia, todas son mucho mayores porque eras indígena, y por ninguna otra razón.
La nuestra es una sociedad que aún hoy, en plena era informática, consume un ejército invisible de niñas indígenas, que entran al servicio doméstico en la ciudad de Guatemala – sin contrato y bajo llave, sin educación y sin vida propia – para no salir de él sino cuando se vuelven ancianas, cansadas y enfermas, tanto que los patrones ya no quieren pagarles de su graciosa generosidad las medicinas. La nuestra es una sociedad que sigue devorando una hueste de niños indígenas, convirtiéndolos en peones de campo, soldados de un ejército innecesario, hijos de ciudades sin oportunidad, en que se decantan por el crimen tan fácilmente como por la ley.
El sorprendente secreto de Baldwin es que la opresión – esa que aún hoy viven muchos en Guatemala por razón de su etnia y de su raza – corroe la humanidad de sus víctimas, pero a la vez, y mucho más sutilmente, la de sus victimarios. Mientras navego por la Internet en mi casa de ciudad, alguien limpia aquello que yo mismo podría tener en orden. Mientras como, alguien cosecha en circunstancias indignas la verdura que yo disfruto ingenuo. Esta aparente inocencia me hace menos humano. Vivir sin comprender que mi bienestar se da a costa de otro me hace menos digno de disfrutarlo.
Por fortuna, son cada vez menos las personas que en Guatemala estarían dispuestas a negar abiertamente que cada persona pueda realizarse plenamente sin importar su origen. Sin embargo, ¿cuántos estaremos dispuestos a reconocer que aquellos que no lo consiguen, muchas veces fallan porque nosotros, y otros como nosotros, tenemos los dados cargados a nuestro favor? ¿Podremos aceptar que nos ha capturado una ventaja que es una trampa, una historia de privilegio que no vemos, que no comprendemos y, por ello, no podemos escapar? En camino a cambiar esta sociedad, ¿estaremos dispuestos a reconocer el crimen de nuestra inocencia?
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