Cuando la privatización no alcanza
- Viernes 17 de Septiembre de 2010 00:00
- Escrito por TocaActuar
Mercado del estado - atribución (ilustración): erjkprunczyk - http://www.flickr.com/photos/24842486@N07/3443738708/Hace poco más de diez años, Naomi Klein publicó No Logo, una apasionada arenga contra la globalización desenfrenada. Señalaba, entre otras cosas, cómo el espacio de convivencia de la plaza pública había cedido a la privatización en el centro comercial, un cajón sin ventanas donde las personas atemorizadas escapan de la realidad, bajo la mirada codiciosa de los comerciantes, con anuncios en vez de árboles, aire acondicionado en lugar de cielo abierto.
A pesar de ello, los ciudadanos, constituidos en consumidores acudieron, y siguen acudiendo desenfrenados al centro comercial. La “guerra contra el terrorismo” desatada por George Bush tras el 9/11 agravó los vagos miedos que en el Norte despiertan radicales islámicos, secuestradores de niños y toda especie de malandros, que tienen mucho de fantoches en sitios donde la criminalidad ha disminuido durante la última década, y la gente siguió prefiriendo los centros comerciales como "sitios seguros".
En Guatemala, donde somos tan dados a la importación cultural y comercial, el mall no tardó en instalarse como el sitio predilecto para las compras de la clase media urbana. Al afán de imitación en el consumo acompañaron argumentos de verdad: allá afuera cada vez más la calle es una jungla sin ley, donde impera la violencia.
A la par de esta privatización del espacio físico se dio la privatización de la seguridad: alguien tenía que proteger aquello que la policía nacional no tocaría, y se multiplicaron las empresas privadas de seguridad, trasladando entera la toponimia israelí al registro de marcas, con pistolitas. Pasado el tiempo nos acostumbramos: con tal que estuviéramos dispuestos a ignorar al fulano con el chaleco de bolsillos grandes y bulto en la cintura, o al policía chaparro con escopeta grande, casi nos podíamos sentir gringos en el shopping.
Pues bien, marcando los 189 años de independencia, nada mejor que un tiroteo en pleno centro comercial para independizarnos de nuestras ilusiones. Los mejores parqueos, los rótulos más vistosos, las marcas en inglés, la irónica articulación del nombre de la ciudad maya con la idea del futuro, nada alcanzó para evitar las balas, los heridos y los muertos. Pensábamos, los de colonia, talanquera y alambre espigado que, si en la calle no se podía andar con joyas, y ladrones motorizados invadían la burbuja personal del automóvil para arrebatarnos el celular, pues al menos podríamos escapar en los paraísos de consumo. Resulta que no: salir de compras en Guatemala es cuestión de vida o muerte. Creímos que la jungla estaba afuera, y no es cierto. Nosotros somos la jungla, cuando creemos poder resolver nuestros problemas solitos, porque tenemos para comprar “soluciones”, y que los demás miren qué hacen. Resulta que no, y es hora de revertir esto.
Quizá entendamos al fin que el estado no es ese estorbo irredento que nos han hecho creer. De nada sirven los guardias privados cuando la policía nacional no es efectiva. De poco sirve la paz amurallada de los centros comerciales cuando los que andan de compras son narcos, paseándose tan frescos. El contrato social no es gratuito. Hay que construirlo cediendo de nuestra soberanía y sí, horror de horrores, de nuestro dinero. El espacio privado no será seguro, a menos que aseguremos primero el espacio público, el espacio compartido.
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