¿Dónde está la calidad académica?
- Jueves 23 de Septiembre de 2010 00:00
- Escrito por TocaActuar
Si Salamanca non tiene, por más votos que juntemos... - atribución: gomero - http://picasaweb.google.com/lh/photo/wC0VKWxEJ6beVrt0DzVw3wDemocracia y calidad académica en la universidad son dos valores paralelos, pero distintos; sus vinculaciones son más bien sutiles. La democracia no es una propiedad de la universidad, sino más bien de la sociedad. En un estado democrático (como el que intenta ser Guatemala, con dificultad), la democracia es la matriz que sostiene y marca a todas las instituciones. Tanto como los organismos Ejecutivo, Legislativo y Judicial se organizan para asegurar la soberanía del pueblo, el imperio de la ley, la igualdad y la participación de todos, las instituciones académicas procuran hacerlo también. Incluso la empresa privada y los particulares se ven regidos en su actuación por los propósitos democráticos de la transparencia, la rendición de cuentas y la igualdad ante la ley y en las oportunidades.
La sutileza de la relación entre democracia y excelencia académica se puede ilustrar al considerar casos límite. En la primera mitad del siglo XX, los mayores logros de la física cuántica se produjeron en el marco del poder intrusivo y discriminador de la Alemania Nazi. Sorprende también considerar que alguna de la mejor ciencia social salió del seno sofocante del estalinismo soviético. La contribución fundamental de Yuri Knorosov al desciframiento de la escritura maya ocurrió en 1952, un año antes de la muerte del dictador. De igual forma, la tenencia privada o pública de la universidad tiene una relación complicada con su producción académica. Incluso Albert Einstein, epítome del científico radical y a la vez socialmente comprometido, desarrollaría las implicaciones de su “año milagroso”, en que pusiera de cabeza a toda la física, mientras trabajaba como privatdozent en la Universidad de Berna, vendiendo sus horas de clase directamente a los estudiantes, a destajo.
¿Cómo es posible esto? Quizá sirva considerar que, en el afán por tener una universidad democrática, el desarrollo académico y la perfección democrática se suman, pero no llevan necesariamente una a la otra. La ciencia sin democracia puede ser sublime, pero queda irrealizado su potencial beneficio para la mayoría. Igualmente, la democracia puede involucrar a todos, pero sin ciencia será una tertulia de ignorantes. Otro tanto sucede con el régimen de tenencia institucional. La condición pública o privada de la academia no se vincula de forma directa al desempeño académico.
Estas consideraciones vienen al caso ahora que la Universidad de San Carlos se ve enfrascada – una vez más – en un cerril debate a gritos entre sordos. En un medio donde nos hemos acostumbrado al abuso por parte de las autoridades, incluso electas, es particularmente preocupante la ausencia de la calidad académica en el discurso de quienes llevan la bandera del cambio. Las reivindicaciones estudiantiles hablan de autonomía, de inclusión, de representación igualitaria, de financiamiento y descentralización financiera, y de respeto. También hablan de acceso libre a la universidad, considerando “las realidades y condiciones sociales, culturales y educativas de las regiones específicas”[1] de donde provienen los estudiantes. Todas estas son preocupaciones positivas y necesarias, pero insuficientes en el marco de la universidad, a menos que la excelencia académica también sea reivindicada de forma específica y concreta.
En la educación primaria tardó mucho reconocerse que no bastaba procurar el acceso pleno a la educación, si esta no era de calidad. Además, si la calidad no es un objeto específico de planificación, financiamiento y monitoreo, no se hará realidad. Esta lección no debiera desperdiciarse al hablar de la universidad. Si no se exige a los profesores la formación avanzada y la publicación científica, si no se les dan las condiciones de dedicación exclusiva para la docencia de calidad y el servicio comunitario basado en buena ciencia; si a los estudiantes, por “pobrecitos” se les perdona una mala formación básica, y si no se les exige que aprendan e internalicen los principios y métodos del rigor académico, ¿de qué servirá garantizar la participación plena en una academia mediocre?
La dimensión académica no puede ser vista como un objeto negociable, pues es el propósito fundamental para el cual se busca la representación democrática en el marco universitario. Así se reclama, al negociar un arreglo al tiempo perdido mientras la universidad ha permanecido cerrada, “… no aumentar la carga académica a los estudiantes…”. ¿Para qué ganar la batalla, si se va a perder la guerra? ¿De qué sirve graduarse a tiempo, de una universidad democrática y plenamente representativa, con un título que certifica la incompetencia? El propósito central de la universidad no puede ser negociable.
Entonces, la autonomía tiene valor como medio, más que como fin. Esta enorme conquista política de la Revolución del 44 se demerita, si no apunta a garantizar los fines de la universidad.
Notas
1. El detalle de estas peticiones puede verse en: http://epacunocusac.blogspot.com/.
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