No necesita ser así
- Lunes 04 de Octubre de 2010 00:00
- Escrito por TocaActuar
Cuando la salud está enferma - atribución: Timm Suess - http://www.flickr.com/photos/30326207@N00/3588997555Las recientes tormentas nos han dado una lección: a menos que reconozcamos que todos estamos en el mismo barco, y que hay que invertir por adelantado en infrestructura de calidad, para cuando azote la lluvia, ya no importará si soy pobre o rico, igual me caerá el deslave en el altiplano que en la carretera a El Salvador. Lo mismo sucede con las enfermedades catastróficas: a menos que reconozcamos que todos estamos expuestos a ellas e invirtamos juntos en sistemas de atención y previsión efectivos, cuando azote la enfermedad estaremos desprotegidos por igual.
Para ilustrar esto quiero contar dos historias de horror, que quizá ayuden a mostrar que los guatemaltecos tenemos entrelazado el porvenir, aún cuando no lo reconozcamos. Una es la historia de un familiar cercano, la otra me fue relatada.[1] Sospecho que el lector tenga algo similiar en su experiencia.
Alberto murió de un cáncer abdominal. Fue un profesional exitoso que vivía en una zona elegante de la capital. Empezó su vida trabajando una pequeña granja y distribuyendo huevos. Cuando tenía ya 35 años volvió a la universidad. Vendió la granja y, luego de años de esfuerzo, se graduó como abogado. Tuvo una vida larga y productiva: su bufete y un tiempo parcial como asesor jurídico empresarial le dieron ingresos regulares y suficientes para vivir cómodamente, mientras que su hábito de ahorro le permitió invertir en una finca de café y en bienes raíces. Se hizo miembro reconocido de su colegio profesional, y un activo participante en organizaciones gremiales de empresarios agrícolas. Con las rentas de los bienes raíces y luego de vender la finca, Alberto podía esperar un retiro muy cómodo.
Sin embargo, sus perspectivas cambiaron drásticamente cuando el doctor le dio la mala noticia: los dolores de estómago y la sangre en las heces se debían a un tumor. Fue ingresado a un hospital privado de prestigio y operado por dos de los más notables cirujanos del país. Su edad y la complejidad de la cirugía le tuvieron en el quirófano por ocho horas, y en el hospital por un par de semanas. La estancia en el hospital había costado ochenta mil dólares, y una buena parte no sería reembolsada por el seguro privado, a pesar de los muchos años de pagar primas. –Pero bueno–, se dijo él, –la salud bien vale ese precio, si tienes para pagarlo–.
Apenas cinco meses más tarde las molestias retornaron. El diagnóstico fue ominoso: el tumor había vuelto, y sería necesario operar. Indispuesto a embarcarse en otra aventura de decenas de miles de dólares, decidió recurrir al IGSS, pues como asesor jurídico había contribuido ya por casi quince años. Fue así que una mañana de septiembre entró a una sala general del Hospital de Enfermedad Común. Tragándose el orgullo y aguantando las miradas displicentes de sus familiares, que no entendían qué estaba haciendo allí, pasó los días esperando, esperando sin que nada sucediera. Cuando al fin la paciencia no dio para más, una sobrina contactó a un amigo jefe de médicos en el hospital. La consulta a la papeleta confirmó que, a pesar de la espera de más de una semana, aún no se había hecho ningún examen preparatorio, y no había aún fecha para la intervención.
Pasadas dos semanas de incomodidad y sin más información, la estancia con otros enfermos dio un resultado esperable: Alberto contrajo una neumonía hospitalaria. Su condición general comenzó a deteriorarse rápidamente, lo que a su vez imposibilitó programar su caso para cirugía. Las cosas llegaron al límite cuando, al usar el baño de la sala general, resbaló y cayó en el piso sucio y mojado, pasando media hora en el suelo sin que nadie notara su ausencia ni pudiera ayudarle a levantarse. Los familiares indignados no le dieron opción: un día más tarde estaba de vuelta en un hospital privado – esta vez menos prestigioso y más barato – en camino de recuperación, al menos de la neumonía, y con una cuenta de veinte mil dólares por la hospitalización.
* * *
Seferino tenía 38 años cuando murió. Estaba casado, con dos hijos adolescentes y una niña de 10 años. Como facilitador rural de una ONG de desarrollo comunitario, apoyaba poblados en Chiquimula, donde vivía. Un año antes había empezado con dolor en todo el cuerpo. Luego de una variedad de exámenes, en el IGSS le diagnosticaron un cáncer de hueso. A pesar de la quimioterapia, la enfermedad avanzó, atacando sus pulmones y columna vertebral. Además, el dolor de cuerpo había progresado a tal punto que debía usar morfina de forma casi constante. El pronóstico no era bueno.
Como empleado dependiente Seferino había contribuido por bastantes años al IGSS. Además, su empleador pagaba un seguro privado para cubrir servicios de consulta externa. Desde que fuera suspendido del trabajo recibió su pago del IGSS. Sin embargo, ello apenas alcanzaba para cubrir parte de su pérdida de ingresos, y debía además pagar el transporte de ida y vuelta de Chiquimula a la Capital, así como el hospedaje allí, para recibir la quimioterapia. En la oficina su jefe dio instrucciones para que con fondos de la organización se le ayudara a cubrir estos gastos, pero le preocupaba que los auditores desautorizarán los pagos.
Seferino recibió dos malas noticias. En el IGSS le informaron que por la duración del problema se daría término a su pago por invalidez temporal y se iniciaría el trámite para una pensión definitiva. Lamentablemente esto podía tardar meses y en el ínterim no recibiría ingresos. Además le dijeron que no podría continuar con el tratamiento de morfina, a pesar de ser lo único que le aliviaba el considerable dolor de la enfermedad. Esto no parecía justificado, pero Seferino no sabía como proceder ni a quién recurrir. En sus últimos días Seferino estaba muy afligido. ¿Quién cuidaría de su esposa e hijos cuando él ya no estuviera?
* * *
¿Cómo es posible que dos personas con condiciones de vida tan distintas terminen de forma tan parecida? Seferino, empleado humilde, no tenía ahorros para gastar, y se vio en una situación desesperada. Alberto, profesional acaudalado, viviendo en la capital y con acceso a los mejores servicios que el dinero pudiera comprar, igualmente vio disiparse sus ahorros en poco tiempo y fue tratado de forma indigna.
Es probable que, más de una vez, los familiares de estas personas hayan dicho o pensado “qué se va a hacer, la vida es así.” Pero no, la vida no necesita ser así. Ciertamente la enfermedad, especialmente una enfermedad severa como el cáncer, es un hecho impredecible para cada uno de nosotros. Sin embargo, contar o no con los medios – la protección – para enfrentarla con eficacia, con dignidad y sin incurrir en gastos catastróficos, es fruto de las decisiones que tomamos como sociedad. No contar con acceso universal a la salud, mediante servicios de calidad y seguros efectivos y justos, nos expone a todos – ricos y pobres – a la situación que vivieron Alberto y Seferino.
Notas
1. He cambiado los nombres y algunos detalles.
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