Las redes de protección social en Guatemala y la clase media
- Miércoles 06 de Octubre de 2010 00:00
- Escrito por Walter Flores
Estamos saltando sin red - atribución: Biblioteca del Congreso de los EEUU - http://commons.wikimedia.org/wiki/File:Trapeze_artists_1890.jpgEn una nota anterior hice referencia al hecho que la ausencia de bienes públicos esenciales proveídos por el estado ocasiona que nos los tengamos que proveer nosotros mismos. Esto a la larga sale más caro y consume una mayor proporción de nuestros ingresos (64%), comparado con la proporción que pagan los ciudadanos europeos al estado para recibir dichos bienes públicos (alrededor del 50%). Sin embargo, el problema del estado sin capacidad de proveer bienes públicos tiene implicaciones negativas mucho mayores y afecta directamente a la clase media.
Pongo de ejemplo las redes de protección social. La primera edad (del nacimiento hasta los 7 ó 10 años) y la tercera (de los 60 años en adelante) son los dos períodos del desarrollo de las personas donde sucede la mayor vulnerabilidad a las enfermedades y accidentes. En estos dos periodos no generamos ingresos económicos. Por lo tanto, para afrontar las enfermedades y/o accidentes, dependemos de la ayuda de otras personas, nuestras familias, u otros ciudadanos. Por ello, una gran mayoría de países (europeos, algunos asiáticos y, en América Latina, Chile, Costa Rica y Uruguay) han establecido sistemas de seguridad social o sistemas universales de salud para proteger a sus ciudadanos, especialmente en estos dos periodos de mayor vulnerabilidad. En el caso de la primera edad, la seguridad social o el sistema de salud proveen todo lo necesario (medicamentos, consultas, etc.). En la tercera edad sucede lo mismo. La diferencia aquí es que, en la mayoría de los casos, las personas han contribuido a mantener el sistema con aportaciones durante su vida productiva. Si por alguna razón no lo hicieron o no aportaron lo suficiente, el sistema tampoco los abandona, sino que son sujetos de subsidios. En adición a lo anterior, los adultos mayores reciben subsidios para transporte público, electricidad y gas doméstico, y hasta precios preferenciales en eventos culturales. Para la primera edad, los padres reciben bonos para la manutención de los hijos y por varios años pagan una cantidad menor de impuestos al fisco con la intención de que utilicen los recursos para los hijos durante la primera edad. Todo lo anterior es parte de las redes de protección social. En los países anteriormente descritos, son redes organizadas, con fuerte institucionalidad y respaldadas por el estado.
Ahora veamos qué tenemos en Guatemala. Más de la mitad de los ingresos de la clase media profesional en Guatemala son utilizados para acceder a los bienes esenciales de la familia nuclear. Lo que queda es utilizado para apoyar mini-redes de protección social de la familia extendida. El caso más común son los padres en la tercera edad, que necesitan medicamentos y frecuentes consultas médicas para las enfermedades crónicas. Algunos de ellos siguen afiliados al IGSS. Sin embargo, una buena parte de los adultos mayores, ya sea con sus ahorros, pensión o la ayuda de sus hijos, recibe tratamiento en el sector privado. Esto lo hacen para evitar las citas médicas con esperas de hasta 6 horas para ser vistos por un médico del IGSS, que autorice además uno o dos meses de medicamentos. La espera por exámenes de diagnóstico puede ser aún mayor. Por ello, los profesionales que pueden pagar la atención de sus padres en el sector privado lo hacen.
El otro tema es la movilización de nuestros padres en la tercera edad. La ruleta rusa del transporte urbano no es para ellos. Si alguno posee aún el vehículo que tenía cuando trabajaba probablemente ya no lo use, debido al alto riesgo que significa conducir en Guatemala: falta de cortesía, desfunde de armas y hasta baleados por bocinar. Ante ello, los profesionales nos metemos en un trajín para transportar a nuestros padres a las citas con los médicos y otras actividades. Los que no tienen esa flexibilidad, contratan un chofer o llaman frecuentemente un taxi. ¿Ha hecho cuenta usted cuánto representa al mes, no sólo en dinero sino en estrés, el trajín de movilizar a sus padres en la tercera edad?
La mini-red de protección social llega también a los empleados domésticos. Imagino que los lectores consideran al servicio doméstico no como esclavitud, sino casi como un miembro más de la familia, a quién agradecemos que mantenga nuestra casa, que conozca al detalle los caracteres de nuestros hijos y que nos tenga infinita paciencia. Por ello, no es raro, sino más bien frecuente, que nos enteremos cuando los padres o hermanos de nuestra(o) empleada(o) están pasando por una enfermedad grave o accidente y necesitan apoyo para sobrepasar la enfermedad. Nuestra mini-red de protección social se expande aún más.
En adición a todo lo anterior, tenemos la “Teletón” y las llamadas frecuentes a solidarizarnos con el corredor seco, con los afectados por Ágatha y los demás desastres de éste imparable invierno. Nuestra mini-red de protección social se expande aún más y colaboramos con lo que podemos en esos esfuerzos. Podemos seguir con otros ejemplos, como las colectas en el trabajo para ayudar a un colega en penurias y otros más, pero dejémoslo hasta aquí.
Ahora preguntémonos, ¿cuánto nos cuesta mantener la mini-red de protección social que he descrito arriba? Seguro se lleva buena parte del 40% de los ingresos que quedaban una vez pagados los bienes esenciales de la familia nuclear. ¿No cree que esto explique por qué la capacidad de ahorro en la clase media es tan poca? La totalidad o casi totalidad de nuestros ingresos van dirigidos a financiar bienes esenciales, los cuales son proveídos en otros países por el estado. Las redes respaldadas por el estado en esos países cubren todo, o casi todo, de lo que nosotros tratamos de resolver individualmente. Esas redes también generan una mayor eficiencia y organización, porque no son mini-redes.
Un estado que funcionara traería muchísimos beneficios a la clase media y nos reduciría el estrés constante que mantenemos por dar respuestas a los integrantes de nuestras mini-redes de protección social. Paradójicamente, la clase media es la que parece menos interesada en un estado fortalecido, con recursos y capacidad de regulación. ¿Acaso estamos tan ocupados en sacar a flote las mini-redes que no nos hemos terminado de dar cuenta de la importancia del estado para responder a esas necesidades en una mejor forma?
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