Cine nacional
- Miércoles 01 de Diciembre de 2010 00:00
- Escrito por Dangredojor
Cuidado con el sol - atribución (foto): Bob Swain, original de Charles LeBrun - http://picasaweb.google.com/lh/photo/hr_K65pu2Edg4SkKeEc7sAEn estos días se presentan en Ciudad de Guatemala las películas del Festival Ícaro, que tras varios años, se ha convertido en una fiesta para aquellos que gustan del cine. Como suele pasar con estos festivales, hay todos tipos de películas en exhibición. Lo notable es que una actividad, que en un comienzo se consideraba como simplemente imposible en Guatemala, está alcanzando un nivel alto, al menos en lo referente al número de películas que se elaboran cada año.
En general, la producción de obras cinematográficas en todo el mundo sigue dos grandes corrientes (dentro de las cuales hay todo tipo de variedades): el modelo comercial y el modelo público.
En el modelo comercial, cada productor está en la obligación de generar su propio público, por medio de películas atractivas al mayor número de personas posibles, de modo que la boletería pague no solamente por los costos de producción de la película, sino que también genere una ganancia que permita iniciar proyectos posteriores. Es el modelo del país que produce más películas en el mundo (India), del segundo lugar (Estados Unidos), de otros grandes productores (Hong Kong, Nigeria, Egipto…) y en general, es el modelo original (pre-II Guerra Mundial) de países como Francia, Italia, Alemania o Suecia.
El modelo público surge de la idea de que el cine es algo más que una actividad comercial, y que aspectos como la identidad, la recuperación de la historia y el apoyo a agendas como el desarrollo y la unidad nacional requieren de aspectos que el cine meramente comercial no puede asegurar. Según esta visión, el cine es demasiado importante para dejárselo a los productores privados.
Esta visión parte de una necesidad y una constatación. La necesidad es la de producir películas en países sin experiencia previa, sin recursos propios y con necesidad de representar en sus pantallas una identidad que se considera problemática e incompleta. La constatación es que el cine comercial produce algunas obras maestras, pero generalmente películas de entretenimiento, ligeras y con mensajes superficiales. De allí la necesidad de una intervención del sector público para asegurarse que el cine produzca obras “profundas” que se supone el productor privado no realizará nunca, por temor a no recuperar los costos.
Guatemala tiene este segundo modelo como tipo ideal, tanto por la primera condición (el país no tiene una industria propia, ni recursos para construirla) como por la segunda (la mayoría de los directores guatemaltecos quieren hacer obras “profundas” que revelen los secretos de la identidad guatemalteca). Pero, por una serie de razones de todo tipo, el estado guatemalteco no ha asumido la tarea que los directores desearían que tomara: convertirse en el gran productor del cine nacional (la propuesta de Ley de Fomento a la Industria Cinematográfica y Audiovisual, actualmente en revisión la comisión correspondiente en el Congreso, sería, de aprobarse, un primer paso en ese sentido).
El peligro de este modelo es siempre que el control burocrático lleve a la politización e ideologización del proceso de producción, llevando a que solamente los bien conectados con los administradores del Instituto Nacional del Cine terminen haciendo películas, generalmente tan profundas que nadie las entiende. En casos extremos, como en México en los años setenta, la producción de películas se convierte en fachada para negocios como el “bicicleteo” de fondos, generando películas que se presentar en festivales, pero que nadie va a ver por su propia voluntad.
La solución que muchos han buscado ha sido una variante del modelo público: el mecenazgo internacional. Los productores guatemaltecos presentan sus proyectos a organizaciones internacionales, públicas o no-gubernamentales, dedicadas a apoyar los cines “alternativos”. De hecho, mucho del actual florecimiento de la actividad en Guatemala se debe a que los directores chapines han logrado colocar sus ideas en dicho segmento. Esta solución tiene un gran riesgo: producir películas que gusten al cooperante internacional, de acuerdo a las agendas particulares del mismo, pero que al cinéfilo nacional (que se supone es la razón de ser de toda esta actividad) lo dejen frío.
La disyuntiva entre cine ligero para el gran público y cine profundo para las élites se da en toda industria cinematográfica. De paso, es el mismo problema que se da en el teatro nacional: hacer obras profundas para una minoría que no cubre los costos, o hacer obras populares pero ligeras, que no elevan a la gente pero permiten pagar las cuentas. Casi todos los productores, directores y artistas quisieran llegar a la película perfecta, que es una muy profunda y con un mensaje que cambie las ideas de la gente, pero que al mismo tiempo genera corrientes de dinero en la taquilla. Sobra decir que en muy pocas veces se consigue este milagro.
La segunda mejor opción de muchos productores, directores y artistas es hacer dinero con películas comerciales, y usar las ganancias para generar películas de contenido, que generalmente buscan a públicos más restringidos. Así, uno ve a directores como Stanley Kubrick o actores como Al Pacino, haciendo películas derivadas de comics o best-sellers, y luego realizando obras intelectuales.
Los productores y directores guatemaltecos no tienen esa opción, por la misma pobreza de la actividad en el país. Muchos intentan hacer comedias o dramas con contenidos “populares”, que a la vez contienen mensajes sobre la realidad nacional. Pocos logran combinar adecuadamente ambos elementos.
En resumen, el cine guatemalteco parece ir hacia un modelo de financiamiento público, aunque todavía no es seguro que el Estado asuma esta función. El reto, como en el teatro, es el de generar películas que generen taquilla, pero que permitan a productores, directores y actores, transmitir sus mensajes.
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