Atacar la raíz, no sólo podar las ramas
- Miércoles 15 de Diciembre de 2010 00:00
- Escrito por Kame
¡Allí, mirá! - atribución (foto): Bob Swain, original de Michelangelo Buonarroti - http://picasaweb.google.com/lh/photo/Q_S4zuyQFNAus802y55QugCada cierto número de años, entre 3 y 8 para ser más precisos, aparece la Encuesta Nacional de Salud Materna e Infantil (ENSMI) para Guatemala. Esta nos muestra, con una serie de cifras y datos, aspectos que se han considerado importantes y reveladores de las condiciones de salud de las madres y los niños. Aún cuando no ha sido publicada, ha circulado información (al contrario de WikiLeaks, probablemente efecto de alguna filtración controlada) que muestra mejoras en la situación.
De esa información quizás la más publicitada, y que ha generado mayor alegría entre los expertos, es que la fecundidad ha bajado. Las mujeres ahora tienen menos hijos. Esto ha sido celebrado, pues por años se ha argumentado que reducir la tasa de fecundidad, es una excelente estrategia en el combate a la pobreza. Sin duda, tener menos hijos, o al menos solo tener el número deseado de hijos, puede impactar fuertemente la economía familiar. Es puro asunto de matemáticas básicas: un pan repartido entre 5 hijos no es lo mismo que entre 2. Sin embargo, la vieja pregunta sigue vigente: ¿somos pobres porque somos muchos o somos muchos porque somos pobres?
También, de la misma fuente, han surgido otros datos alentadores: se ha reducido la mortalidad infantil. En 1987 moría, por causas evitables, un niño cada 18 minutos, pero en 2009, esto ocurrió cada 42 minutos. Aún con lo bueno que esto significa, el número de muertes es aún inaceptable y una gran tragedia para el país. La reducción de la mortalidad infantil es un hecho y podría dar lugar a pensar que estamos haciendo bien las cosas, que vamos por buen camino y que lo que toca es consolidar los logros, que ésta feliz reducción en el indicador es consecuencia de mejoras en el sistema de salud, que ahora tenemos procesos más eficientes de entrega de servicios, que las condiciones generadoras de salud, tales como el saneamiento básico, la vivienda digna, la educación, el empleo decente, han mejorado y que nos encaminamos, según la tendencia, a resolver nuestros problemas de salud. Nada más falso que lo anterior.
Como un ejemplo para reflexionar, según datos de la misma fuente, la prevalencia (que mide la proporción entre el número de casos de una enfermedad y la población total susceptible) de diarrea en niños menores de 5 años en 1987 era de 16.7% y en 2009 de 22.5%. ¿Cómo es posible que estemos reduciendo la mortalidad infantil, pero suframos incrementos en uno de los problemas a los que más se les atribuye dicha mortalidad? Quizás convenga examinar otro dato de la misma ENSMI: en 1987, 13 de cada 100 niños con diarrea recibía tratamiento con suero oral; en 2009, recibieron este tratamiento 37 de cada 100. Estos datos hacen pensar que, aún cuando el problema de la diarrea en niños se ha agravado, la estrategia de proveer suero oral puede salvar vidas, y eso es, sin duda, algo bueno. Se ha dicho que este tipo de acciones, junto con los extensivos programas de vacunación, son el elemento central de la reducción de las muertes en niños.
Entonces, congratularse con la reducción de un indicador, creyendo que representa cambios en la situación que se pretendía abordar puede ser engañoso; no sólo porque aún no se ha dado una profunda reflexión para ponderar el valor de tales indicadores como reflejo de nuestra realidad, sino porque las condiciones que generan los problemas siguen intactas. Los niños guatemaltecos aún son los más desnutridos de América Latina, con porcentajes de desnutrición crónica superiores a muchos países africanos; seguimos siendo el país más desigual del continente y con la carga tributaria más reducida; nuestra inversión pública en salud es ridículamente baja y no da muestras de mejorar, y nuestro Estado es débil y cooptado por algunos intereses minoritarios. Persisten y se profundizan las brechas entre etnias, entre población urbana y rural, entre hombres y mujeres, entre jóvenes y viejos. Seguir salvando vidas es necesario, pero es esencial dar pasos hacia enfoques más sistémicos de los problemas de salud. No dejemos que nos pase, como dijera Confucio, que “cuando el sabio señala la estrella, el idiota mira el dedo.”
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