Precisión
- Lunes 10 de Enero de 2011 00:00
- Escrito por TocaActuar
¿Y allí querés que baje? - atribución: NASA - http://history.nasa.gov/ap11ann/kippsphotos/6611.jpgLa de cal: la puntualidad
Crecí oyendo que los latinoamericanos somos impuntuales, y que la “hora chapina” era veinte minutos tarde, o más. No sólo eso, aprendí que esta impuntualidad era un defecto. La gente del Norte, en cambio, era puntual: los suizos con sus relojes, los ingleses con sus trenes, los norteamericanos en las fábricas y empresas.
Más recientemente he tenido la oportunidad de trabajar con norteamericanos, y en organizaciones del Norte, y descubrí que el asunto de la impuntualidad tiene algunos matices muy interesantes. El primer barrunto de este hallazgo lo tuve cuando me tocó presentar en una reunión de empresa. Preocupado por dejar una buena impresión, me aseguré de llegar temprano, no fueran a calificarme de ser víctima de la desprestigiada hora chapina. Pues bien, realicé mi presentación, y para mi sorpresa y un poco de molestia, algunos de los colegas norteamericanos, que habían expresado interés en el tema, comenzaron a salirse de la reunión antes del fin de la misma.
Cuando luego pregunté qué había pasado, la explicación no tardó, y no era nada personal: “tenía otra cita inmediatamente después, y no quería llegar tarde,” me dijo más de un colega. A raíz de este incidente y otros similares me ha quedado la impresión que el tema no es de impuntualidad, sino de prioridad. Mientras entre nosotros es de mal gusto y ofensivo salir y dejar un asunto inconcluso, en el Norte es al revés: ofende llegar tarde. De forma curiosa pero obvia, esto se relaciona con el estilo del discurso y la presentación: mientras los hispanoparlantes somos dados a hablar como “novelas de misterio”, donde el fondo del asunto no aparece sino hasta el final, y la formación literaria se esmera en desarrollar este estilo, en el norte se aprecia mucho que un discurso o un texto empiece con el meollo del asunto, para pasar luego a la peccata minuta. Así puede uno escapar temprano de la reunión sin perderse de lo bueno.
En fin, quizá en este asunto no somos peores, sino simplemente distintos.
La de arena: una receta para ir a la luna
En casa de mis padres había un libro de cocina guatemalteca, que había sido publicado por una asociación de esposas de contadores, o cosa similar. Era un tomo grueso, empastado en papel, con bastantes y muy diversas recetas. De esto ya van varias décadas, y a mí no me ha quedado sino una frase de todo el libro, que explicaba que debía agregarse agua a una mezcla de repostería: “eche pocos de agua”, decía la indicación.
Me sigo preguntando cuánto es un “poco”, pero aunque lo supiera, ¿cuántos de ellos debía echar? ¿Dos, tres, cinco?
Tenía mucho tiempo de no pensar en los “pocos de agua”, pero buscando en la Internet una receta con motivo de las fiestas de fin de año me topé con esta indicación, literalmente: “Agua Canela en raja o en palo Azucar cantidad necesaria para endulzar el agua Esencia de Vainilla Vino dulce”. Aparte que los puntos, comas y tildes parecen haber sido víctimas de desaparición forzada, me preguntaba: ¿cuánta agua, cuánta canela, cuánta esencia de vainilla, cuánto vino dulce? ¿Cuánta azúcar es necesaria para endulzar?
Por supuesto, los cocineros más experimentados tomarán este reparo como la seña más brutal de ignorancia culinaria. Ahora bien, si ya supiera cómo preparar la receta, ¿para qué la estaría buscando? y, no sabiéndola, ¿acaso no querría indicaciones más precisas?
Sin embargo, este blog está dedicado al comentario de políticas más que a la cocina, y es allí que quiero llevar el argumento. Hace ya cinco décadas John F. Kennedy lanzó su memorable reto: “poner un hombre (lo siento, eran machistas) en la luna antes del fin de la década". Bastaba tener un calendario y un telescopio para verificar esto. Sin embargo, hizo falta mucha matemática y mucha precisión para conseguirlo.
Hoy que los chapines enfrentamos serios y graves retos, pienso que la manía de la imprecisión nos servirá de poco para conseguir resultados y para progresar, pues es el “así que se vaya” del desarrollo. Queremos educación, pero ¿cuánta, para quiénes, cómo, con qué? Queremos justicia, pero ¿sobre qué, a base de qué, en dónde...? Si la NASA hubiera dicho “así que se vaya”,[1] quizá Neil Armstrong sólo hubiera visto la luna de lejos. Si nosotros no afinamos la puntería, igualmente seguiremos viendo el desarrollo sólo de lejos.
Notas
1. Conste que eso fue lo que pasó años más tarde. Más de alguno dijo “así que se vaya” refiriéndose a los reactores de combustible sólido del trasbordador espacial, y toco a los astronautas del Challenger la desgracia de saltar en pedazos por todos los aires.
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