Cobardes, ¡co-bar-des!
- Lunes 14 de Febrero de 2011 00:00
- Escrito por TocaActuar
Como diría el fariseo, “Horror, ¡qué barbaridad!” “Alemán impertinente, ¿cómo se atreve?” La retahila de improperios no se ha hecho esperar en los medios, en el facebook, en los blogs, luego que el embajador alemán declarara que la baja carga tributaria en Guatemala podría llevar a la suspensión de la cooperación alemana al país. Sin embargo, merecido lo tenemos, bien merecido.
Primero, por la razón esgrimida públicamente. No es razonable esperar que un estado - para el caso el alemán - le pida a sus ciudadanos que contribuya fiscalmente al mantenimiento de un estado cuyos propios ciudadanos de élite y clase media no estamos dispuestos a pagar. Aunque sólo fuera tronar de sables, el embajador debe mandar la señal correcta, no para Guatemala, sino para Alemania, donde el pueblo de la señora Merkel ya enfrenta la necesidad de sacar a griegos, irlandeses y españoles de un agujero más profundo que los que nos fabrica la municipalidad con algo de agua de lluvia y mucho de desidia.
Segundo, porque tiene sentido. Valga una disgresión aquí: en un sistema de estados soberanos hay un balance delicado que hacer entre autonomía e interdependencia. Es reconocido que los beneficios de la acción colectiva de los estados tiene un costo en su autonomía. Sin embargo, bien hecha la unión, es un costo que vale la pena pagar. Lo reconocieron las trece colonias americanas en 1776. Lo reconocieron los países de Europa al embarcarse en la aventura de la Unión Europea. No lo reconocieron las malhadadas Provincias Unidas de Centroamérica. No lo reconocimos los centroamericanos en el Mercado Común Centroamericano.
Pues bien, pensar que podemos portarnos como irresponsables fiscales dentro de Guatemala sin que nadie nos cobre la factura afuera es una ilusión. El embajador alemán y su homólogo sueco no están sino dando voz, aunque informal, a la idea de Paul Collier, quien ha abogado por establecer pactos internacionales (international charters) que comprometan tanto a los países menos desarrollados como a los más desarrollados, al enlazar medidas activas (por ejemplo, el incremento a la carga fiscal y la inversión social) con medidas pasivas (tales como la amenaza del retiro de la asistencia). Esto con el fin de asegurar una conducta aceptable por parte de las autoridades en los países con instituciones débiles (aló, Guatemala).
Pensar que podemos portarnos como irresponsables fiscales dentro de Guatemala sin que nadie nos cobre la factura afuera es una ilusión.
Tercero, por realpolitik (y vuelve el alemán). El estado alemán es fuerte y poderoso, mucho más que el guatemalteco. Así que, si no nos gusta lo que dice el embajador, perfecto. Basta con rechazar la ayuda internacional. De paso, ¿por qué no interrumpir de una vez la venta de productos guatemaltecos en Europa como medida punitiva? Sí pues. Ya me contarán cómo nos va de bien con eso. Si queremos un estado fuerte, que pueda entrar en situación de ventaja a tales pulsos, necesitamos... ¡oh, no!, pagar impuestos para que funcione.
Finalmente, porque nos muestra como somos. Bocones para reclamar el abuso, pero malos para poner la plata que se necesita. Personalmente, ya no quiero hablar de carga fiscal y resistencia a pagar impuestos. Yo no me quiero enredar en esa trampa. Más bien, quiero llamar a las cosas por su nombre. Señalar que un guatemalteco de plata, que no quiere pagar sus impuestos, es un cobarde. Un guatemalteco que, teniendo una empresa, no la puede sacar a flote en el país con la menor carga fiscal del continente, es un chambón. Así que, a los que se rasgan las vestiduras ante un teutón que nos dice las verdades, yo les respondo: cobardes, ¡co-bar-des!
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