La causa estructural de la violencia juvenil

La pérdida de la confianza fundamental de los jóvenes en el mundo adulto

Graffito - atribución: Mark Rutley - http://www.flickr.com/photos/markrutley/3184025755/¿En qué idioma escribirte? - atribución (fragmento): Mark Rutley - http://www.flickr.com/photos/markrutley/3184025755/

Las páginas de los diarios y las imágenes de televisión se llenan a diario en Centroamérica - sobre en todo en Guatemala, El Salvador y Honduras - con escenas violentas. Algunas tienen matices de crueldad y salvajismo extremos, que resulta difícil hasta nombrarlos. Hay algo en común en todas estas escenas: por lo general, los protagonistas son jóvenes, tanto los victimarios como las víctimas.

¿Qué es lo que ha pasado o dejado de pasar en la vida de estos jóvenes que los ha convertido en los seres que son hoy día?; ¿cuáles son las causas profundas de su conductas violentas, de su negación sistémica de la vida, la propia y la ajena? Aquí quiero aportar una explicación al fenómeno, explorando los fundamentos que constituyen a un individuo en sujeto social, dispuesto a la convivir con otros, en plena aceptación de su legitimidad humana.

Patricio García, investigador de la Escuela Matríztica de Santiago, explica este fenómeno en los siguientes términos:

“Si observamos nuestro presente y miramos los diferentes seres vivos que habitan nuestra biosfera, veremos que todos ellos se transforman y conservan su modo de vivir mediante la conservación de su capacidad de interacción y adaptación al medio. Si hacemos lo propio con los seres humanos, veremos que lo que constituye de hecho nuestro modo de vivir es el fluir continuo y entrelazado de coordinaciones consensuales de haceres, sentires y emociones, generado por las conversaciones. Tal trama de coordinaciones sólo es posible en una dinámica social en la que quienes conviven puedan realizar y conservar interacciones recurrentes en las que unos y otros surgen como legítimos otros en la convivencia...”[1]

Humberto Maturana agrega que la falta de congruencia relacional rompe cualquier espacio de convivencia social. “Sólo si mis interacciones con el otro se dan en la aceptación como un legítimo otro en la convivencia, y por tanto en la confianza y el respeto, mis conversaciones con ese otro se darán en el espacio de interacciones sociales. Si no hay interacciones en la aceptación mutua, se produce separación y destrucción”.[2]

Los jóvenes que utilizan la violencia como parte de su vivir cotidiano han perdido uno de sus principales atributos humanos: la congruencia relacional.

La aceptación de uno mismo y del otro, que hace posible la congruencia relacional, ocurre en el dominio de las emociones, más allá de la consciencia y los argumentos racionales. Por eso, algunos autores, como Maturana, asocian esa dinámica con el significado que tiene la palabra amor en las diferentes culturas. De ahí que la congruencia relacional exprese nuestra naturaleza biológica y cultural, como seres amorosos.

Entonces, los jóvenes que utilizan la violencia como parte de su vivir cotidiano han perdido, por lo menos temporalmente, uno de sus principales atributos humanos: la congruencia relacional, que los hace emerger como seres amorosos, que se aceptan a sí mismos y a los demás como personas legítimas. ¿Qué les habrá sucedido en su vivir a estos jóvenes que han perdido su perfecto diseño humano de seres relacionalmente congruentes?

Pérdida de la confianza inicial

Independientemente del lugar social y cultural, todos los bebés humanos nacen en la total confianza - estructural, sistémica, implícita - de que habrá un mundo adulto que los acogerá, contendrá y amará. Es decir, nacen con congruencia relacional, como seres que se aceptan a sí mismos y aceptan a los otros seres de su entorno como humanos legítimos.

De ahí en adelante, si todo ocurre como corresponde, el bebé se transformará en niño y éste a su vez en joven, en el fluir coordinado de una red de conversaciones centrada en las emociones del respeto por sí mismo y por los otros, la honestidad y el deseo logrado de pertenecer a un ámbito social que lo acoge, lo respeta, lo escucha, y donde su ser hace sentido.

La confianza inicial del niño, niña y joven se pierde cuando hay promesas explícitas e implícitas no cumplidas por los adultos, que se viven como traiciones a algo que aquel legítimamente esperaba en este período de su vida. Cuando esto sucede, surgen el dolor, el desencanto, el resentimiento, la depresión, el deseo de fuga, la búsqueda de otros espacios sociales en dónde recuperar la confianza perdida.

Ejemplos de espacios sociales alternativos son los que ahora se conocen como “pandillas”, “maras”, o cualquier otra forma violenta de relación social. Ahí los jóvenes, traicionados en su infancia por su círculo familiar inmediato, encuentran un lugar donde “sentirse alguien”, aún a costa de someterse a rituales, códigos y reglas denigrantes de pertenencia.

Estas formas de organización y convivencia expresan un fenómeno social conocido como “periferización humana”: un modo de vivir y relacionarse caracterizado por la oposición y negación sistématica de uno mismo y del entorno social. Un joven periférico vive y convive en la negación permanente de sus propios fundamentos biológico-culturales, que le hacen un sujeto social, amoroso y relacionalmente congruente.

Ahora bien, la conducta social periférica no es exclusiva de los jóvenes que han adoptado un modo de vivir violento. También se extiende a todos a aquellos sujetos que revelan conductas relacionales generadoras de malestar en las comunidades humanas a las que pertenecen, por ejemplo: corrupción, pobreza, desigualdad, degradación ambiental, discriminación o xenofobia. Quienes consienten estas formas de exclusión son sujetos periféricos, porque viven en la negación de los fundamentos humanos de los otros sujetos de su entorno. Al hacerlo, retringen la capacidad y oportunidad de las comunidades a las que pertenecen para realizar y conservar su vivir en una situación de bienestar.

Aprendizajes clave para un vivir relacionalmente congruente

Desde su nacimiento, todo ser humano aprende, en la compañía de los mayores con quienes convive, la matriz emocional-operacional en la que realizará su vivir como miembro sistémico o periférico de la comunidad que lo acoge o lo rechaza. Si un bebe o niño crece en un ámbito amoroso y tierno, que lo acoge y respeta como un miembro legítimo de la comunidad social en que vive, crece como un ser social y ético capaz de colaborar en un proyecto común, sin temor a desaparecer al hacerlo.

Si un bebe o niño crece en un ámbito amoroso y tierno, que lo acoge y respeta, crece como un ser social y ético capaz de colaborar en un proyecto común.

Por ello, es crucial que ese bebé, niño, niña o joven se encuentre, durante el curso de su transformación en adulto, con adultos cercanos que lo vean, lo escuchen, que no le mientan una y otra vez; personas adultas a las que pueda respetar y cuyo vivir desee repetir cuando sea adulto. Durante este período, hay dos aprendizajes clave que los niños y jóvenes necesitan para alcanzar con éxito la adultez:

  • Autonomía: el niño o joven necesita sentirse y actuar seguro de sí mismo, saber decidir desde sí, con libertad de reflexión y acción. Es decir, relacionarse con otros, desde el manejo autónomo de su propio mundo.
  • Apertura relacional: este aprendizaje le permitirá acoplar su vivir al entorno social y natural. Desde el respeto por su propio mundo, sabrá abrirse a la aceptación de la legitimidad de los otros seres como diferentes a él o ella.

Tales son los aprendizajes fundamentales que le permitirán al niño y joven transformarse en un adulto relacionalmente congruente, que se respeta y acepta a sí mismo como legítimo otro, distinto a los demás, y que a la vez los acepta y respeta también como legítimos otros, diferentes a él o ella.

La ausencia de estos aprendizajes condena a los jóvenes a vivir en contradicción y conflicto consigo mismos y con su entorno, condiciones que son la energía que mueve su modo de vida violento. Por ello, estimamos que la promoción de estos aprendizajes es fundamental en cualquier política o programa que trate de resolver el problema de la violencia juvenil, donde quiera que esta ocurra, mediante iniciativas de prevención o rehabilitación.

Notas
1. Comunicación personal, Santiago de Chile, noviembre de 2009.

2. Maturana, H. (1996, 1992). Emociones y Lenguaje en Educación y Política. Ediciones Pedagógicas Chilenas S.A. Chile.



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