El clásico
- Miércoles 06 de Abril de 2011 00:00
- Escrito por Carles Darío Bardal
Un baile infinito - atribución: americanistadechiapas - http://www.flickr.com/photos/americanistadechiapas/5507760921/in/photostream/Desperté preguntándome cómo serían las cosas si el cargo de presidente se ganara como se gana un campeonato de fútbol. Pero qué risa, lo que saltó a mi mente es cómo sería un campeonato de fútbol si el ganador se escogiera por votación popular.
Un campeonato se gana demostrando, frente a una muchedumbre de espectadores, la capacidad de construir e implementar una acción de equipo que supere la del oponente, en el objetivo simple y directo de meter goles.
Se puede jugar limpio o sucio; con árbitros que nos respaldan o con los árbitros en contra, de anfitrión o de visitante, o bien con más dinero y jugadores más caros. Las ventajas ayudan a ganar un partido, pero no garantizan un campeonato.
A la elección de presidente llegan varios personajes, hablando de sus fortalezas para gobernar y de cuánto mejorarían las cosas si reciben nuestro voto. Y emitimos un cheque en blanco, la papeleta electoral, apostándole al viejo lobo o la blanca ovejita, que también trae un lobo en su interior.
Si tienen claras o no las metas nacionales, no lo sabemos. Si han identificado o no los mayores adversarios, no nos lo dicen. Si tienen un equipo ganador, una estrategia exitosa, unos recursos tácticos demostrados, no es parte de la información que comparten.
Tengo entonces que reírme, porque si escogiéramos el campeón de fútbol como escogemos presidente, los equipos empezarían a repartir playeras y gorras, a ofrecerle trabajo a los espectadores, la habilidad en el campo no importaría, sino el carisma, el marketing, el manejo de medios, la oratoria.
Si escogiéramos el campeón de fútbol como escogemos presidente, los equipos empezarían a repartir playeras y gorras.
Mi sonrisa se borró al preguntarme qué pasaría si en el fútbol, como puede pasar en las justas electorales, en el financiamiento de campaña se infiltraran recursos de oscura procedencia, a cambio de ciertos favores, ciertos privilegios y alguna capacidad de incidencia en los resultados.
Entonces, quién es peor y quién es mejor no importaría tanto, como las reglas no declaradas del juego. Si en vez de una elección se tratara solamente de un montaje teatral para renovar en las masas la fe en el cambio, o la esperanza de un huesito, mientras en los entretelones los organizadores reparten entre sí sus enormes ganancias, sería otro el nombre del juego.
Y nosotros, los juguetes.
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