La erosión de la palabra "solidaridad"
- Lunes 11 de Abril de 2011 00:00
- Escrito por Walter Flores
Si no cuesta, no vale - atribución: Giorgio Monteforti - http://www.flickr.com/photos/11139043@N00/516728550/El lenguaje es dinámico y el uso y sentido de las palabras cambian con el tiempo. Este mismo blog nos cuenta como el concepto “despotricar” fue cambiando en diferentes épocas.
Una de las razones por la que el lenguaje es tan dinámico es el hecho que la mayoría de nosotros no nos movemos con el diccionario de la Real Academia Española bajo el brazo para consultarlo cada vez que nos comunicamos de forma oral o escrita. Usamos las palabras que otros están usando. Por ello, muy fácilmente se nos pega el uso del “cabal” o “lo que es”, expresiones que para algunos significan “estar a la moda”, mientras que para otro afean el uso que hacemos del idioma español. A la larga estas expresiones son inocuas si las comparamos con los cambios en el significado de algunas palabras que tienen un peso importante en nuestras relaciones sociales. Me refiero aquí a la palabra “solidaridad”.
Para los que estamos en las cuatro décadas o más allá, fue con el terremoto del 76 que aprendimos el significado de la palabra solidaridad. Algunos compartimos los alimentos con vecinos que no los tenían. Otros compartieron tiendas de campaña, ropa u otro tipo de abrigo, muy necesario en el frío de febrero. También se ayudaba en el duro trabajo físico de descombro. Todo esto lo caracterizaba el hecho de ser voluntario-nadie estaba obligado a compartir alimento u abrigo, ni tampoco a ayudar en las labores físicas.
Para los más jóvenes, expresiones de ese tipo de solidaridad se pudieron observar en las pasadas tragedias naturales. De estas, las más recientes han sido el huracán Mitch y la tormenta Ágatha. Contribuimos con las colectas, ya sea en especie o con dinero en efectivo. Otros dan su tiempo para reconstrucción.
Pero la solidaridad no solo ocurre como resultado de las tragedias. Lo que hacen los jóvenes de “un techo por mi país”, desde las campañas de recolección hasta el trabajo físico de construir las viviendas mínimas, son verdaderos ejemplos de solidaridad cuyas actividades se planifican.
Desde que el mercadeo político del gobierno actual se apropió de la palabra “solidaridad”, estamos observando cambios al sentido de la palabra. He escuchado a muchos funcionarios públicos que se autodenominan “solidarios” tan solo por ser parte de este gobierno. En las campañas de comunicación el gobierno se autodenomina como el de la “solidaridad” porque implementa servicios públicos. Aun si los servicios llegan a la población que antes no los tenía, eso refleja que el gobierno de turno está cumpliendo con la responsabilidad que le demanda la Constitución Política y el marco legal del país. Por lo tanto, no es un tema de solidaridad sino de cumplir lo que indica la ley. ¿Desde cuándo cumplir con los mandatos legales significa ser solidario?
Hace poco, en un programa de radio donde se hacen comentarios y análisis políticos, escuché la llamada de una persona que decía “es que debemos ser solidarios y pagar nuestros impuestos”. Me pareció que la persona tenía la intención de apoyar la idea que sin recursos el Estado no puede hacer mucho, lo cual era un reto mayor para ese programa de radio, en el cual los conductores estaban reacios a aceptar que la inseguridad y los bajos niveles de educación y salud pasan por el tema fiscal y tributario. Sin embargo, aún con la buena intención de la persona que hizo la llamada, me pareció muy contraproducente plantear el tema del pago de impuestos -que es sobre el cumplimiento de la ley- como un tema de solidaridad. Recordemos que la solidaridad es voluntaria, el pago de impuestos no lo es.
¿Desde cuándo cumplir con los mandatos legales significa ser solidario?
Probablemente el ciudadano que llamó a la radio fue influenciado por una campaña publicitaria del gobierno de hace unos meses que decía: “tus impuestos se convierten en solidaridad”. Esto estaba reproducido en vallas por la ciudad y en buses urbanos. Había diferentes tipos de imágenes, pero todas buscaban transmitir la idea que debemos pagar impuestos porque es materia prima para el “gobierno de la solidaridad”. Esa campaña me pareció pobremente pensada. Los impuestos se deben pagar porque lo manda la ley, no porque tengamos sentimientos de solidaridad. Alguien, de esos muchos reacios a todo lo que sea tributo podría decir: “la verdad es que yo no me considero una persona solidaria, por eso no pago impuestos”.
El extrovertido embajador norteamericano también es llamado “solidario” en los medios de comunicación. Se apersonó en la balacera de un autobús escolar cerca de la embajada de los EEUU. También estuvo presente en el entierro de los familiares del taxista que fallecieron en el bombazo del bus que inauguró el 2011. Los medios reportan que el propio embajador explicó “vengo a mostrar mi solidaridad”. Para mí, la conducta del honorable embajador muestra empatía, lo cual es encomiable, pues ni las propias autoridades guatemaltecas se apersonaron en esos hechos. Sin embargo, no veo cómo puede ser solidario el hecho que, ante una víctima de la ola de violencia e inseguridad que vivimos, el embajador se apersone con un séquito de guardaespaldas.
Manda un mensaje contradictorio la interpretación de la solidaridad como la simple presencia física o acompañamiento momentáneo ante alguien en situación de desgracia o desventaja. Que no nos parezca extraño que dentro de poco, capitalinos bien intencionados armen una caravana en sus vehículos todo terreno, para llegar a lugares recónditos del país donde no hay camino y que nos digan, luego de tomarse las fotos respectivas: “vinimos hasta aquí para mostrar nuestra solidaridad con los coterráneos que carecen de vías de acceso”. Estos mismos que se tomaron la foto, maldecirán la próxima marcha de ciudadanos rurales en la capital, demandando programas de desarrollo, pues les interrumpe la rutina y el libre paso.
Las grandes empresas con sus programas de “responsabilidad social empresarial” tampoco son solidarios. En el mejor de los casos serán altruistas. Retomando la experiencia del terremoto del 76, los desastres naturales y lo que hacen los jóvenes de “un techo para mi país”, la solidaridad no es brindar lo que nos sobra sino compartir lo que nos es esencial. Somos solidarios porque dejamos de disfrutar algo (tiempo, alimento, dinero) para contribuir a cambiar la situación de desventaja o desgracia de otra persona o familia, para que otros puedan gozar de lo que nosotros gozamos. Lo hacemos sin esperar pago o beneficio económico por ello. De hecho, ningún funcionario público ni empleado de ONGs de desarrollo puede automáticamente llamarse “solidario” por el simple hecho de hacer su trabajo en temas de desarrollo. Necesitan hacer más.
El concepto de solidaridad se está erosionando. Está perdiendo sus nutrientes y la capacidad de ser semilla para producir más solidaridad. No nos dejemos manipular por el mercadeo político y defendamos lo que en verdad es solidario.
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