De qué se trata la vida (II)
- Miércoles 04 de Mayo de 2011 00:00
- Escrito por Edgar Barillas
title¿Quiénes somos?
Anteriormente: ¿De dónde venimos?
La historia de nuestra especie y lo que nos define como humanos actualmente ha estado marcada por la lucha constante por la sobrevivencia y el poderoso instinto de transmitir nuestra carga genética a la siguiente generación. Nuestra predilección por las grasas y consumir todo el alimento sobre la mesa, por ejemplo, es la memoria genética de épocas de carestía. La mejor capacidad de orientación de los hombres y la habilidad de las mujeres para mantener la cohesión familiar son resabios de épocas en las que la lucha por la sobrevivencia imponía roles claramente diferenciados en la familia. Los hombres musculosos, altos y simétricos aun son apetecidos por el sexo opuesto, como memoria histórica del buen proveedor de las cavernas. En la modernidad, la solvencia económica agrega valor, por las mismas razones, en la época del cortejo y apareamiento. El hombre, por su parte, tiene especial predilección por aquellas características que sugieren una reproducción exitosa y la sobrevivencia de la siguiente generación: juventud, caderas anchas y senos protuberantes.
Detrás de las guerras, las conquistas, la organización de la familia y los gobiernos y la mayor parte de hitos que han marcado la historia de la humanidad subyace el instinto básico de sobrevivir y reproducirse. Experimentos recientes en el campo de la sicología evolutiva han demostrando que inclusive las acciones humanas de mayor complejidad y sofisticación como el altruismo, la compasión por el dolor ajeno y la producción artística forman parte del arsenal que incrementa las probabilidades de reproducción.
A pesar que la física explica la formación del universo, la química y la biología revelan el origen de la vida y la sociología evolutiva el comportamiento del humano; la respuesta a la pregunta de ¿quiénes somos?, es fuente de polémica, particularmente porque la creencia en un origen divino niega la evidencia científica y permea las concepciones sobre el propósito de la vida. Para las civilizaciones antiguas y para aquellos que actualmente tiene limitado acceso a los avances de la ciencia, resulta difícil creer que el humano -este refinado producto de la evolución- sea el resultado de una afortunada acumulación de mutaciones. La falta de explicación de los fenómenos naturales, particularmente en la antigüedad, condujeron a pensar que los mismos seres superiores responsables de nuestra creación tenían control sobre la lluvia, la tormenta, la noche y el día. La tierra se creyó el centro del universo y todo lo existente sobre su superficie, un regalo para disfrute de los humanos. Un dios (o varios, según el momento histórico y lugar de origen del creyente) controla no solo los fenómenos naturales sino la voluntad humana, dispone quien goza y quien sufre, contesta a plegarias, aprueba y desaprueba las acciones humanas, recibe sacrificios, castiga y perdona y decide en qué momento se vive o muere. Desde esta perspectiva, el ¿quiénes somos? depende de una decisión superior.
Probablemente la religión ha cumplido un papel importante en la sobrevivencia de la especie humana. De acuerdo a Daniel Dennett los tres principales propósitos de la religión son: confortarnos en nuestro sufrimiento y miedo a la muerte, explicar algunas cosas que no podemos explicar de otra forma y estimular la cooperación ante catástrofes o enemigos comunes. En ausencia de una espiritualidad secular más abierta (este artículo, por ejemplo, no me va a hacer más popular y me impedirá ser presidente) y acceso a información científica, la religión ha sido y continúa siendo una estrategia efectiva para alcanzar estos objetivos.
La sobrevivencia es sólo una condición para alcanzar el desarrollo pleno de las potencialidades y asegurar que las generaciones que nos siguen tienen la posibilidad de gozar de las maravillas que este planeta ofrece.
El problema con la religión como fundamento a la respuesta de ¿quiénes somos? (y también ¿hacia dónde vamos?) no es solamente la falta de evidencia que sostenga sus dogmas, particularmente la promesa de una vida eterna; es que cualquiera que sea la afiliación religiosa de un individuo hay más gente en el mundo que no la comparte. Es difícil comprender entonces cómo algunos tuvieron por mera coincidencia histórica o geográfica, el privilegio, la suerte o el entendimiento para estar en el lado correcto de la salvación.
Si nos acogemos estrictamente a la evidencia acumulada sobre los orígenes del hombre (que he tratado de sintetizar en la primera entrega de esta trilogía), podemos asegurar que nuestra existencia no está controlada “desde arriba”, ni tiene un propósito superior, en el sentido divino del término. La vida acaba con nuestra muerte, no hay alma que ascienda al cielo y no hay infierno que nos cobre las malas acciones. Al final de nuestros días, el cuerpo se convertirá en átomos que con el correr del tiempo se distribuirán en otras vidas animales y vegetales.
Esto no significa la ausencia de espiritualidad o de propósito de vida en el no creyente. La felicidad –y no el sacrificio y el sufrimiento en abono a una vida eterna- se constituye en el objetivo central de nuestro corto transito por la tierra. Para otras especies animales comer, asegurarse abrigo y protección contra enemigos y reproducirse es sinónimo de una vida plena. Para el humano, en cambio, la sobrevivencia es sólo una condición necesaria para acceder a relaciones familiares y sociales armoniosas, para alcanzar el desarrollo pleno de las potencialidades innatas y para asegurar que las generaciones que nos siguen tienen, al menos, la posibilidad de gozar de las maravillas que este planeta ofrece.
En la siguiente entrega: ¿Hacia dónde vamos?
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