Un capítulo más
- Miércoles 14 de Septiembre de 2011 00:00
- Escrito por Corleone
Ustede escoge... "Cooking on a fire" - atribucion: falashad - http://www.flickr.com/photos/f_jean/3947792442/Ha concluido la primera etapa del proceso electoral para elegir a las autoridades que conducirán el país durante los próximos cuatro años, y el resultado no ofreció sorpresas. Tal como pronosticaron las encuestas, quienes disputarán la presidencia en una segunda elección serán los representantes del Partido Patriota y LIDER, que recibieron la mayor cantidad de votos en ese orden. Pero la ausencia de sorpresas no basta para empañar el pesimismo que este resultado provoca, en especial cuando uno trata de comprender y explicarse las causas del mismo y, sobre todo, al intentar responder la pregunta clave que debiera explicarlo: ¿por qué razón votan los guatemaltecos?
Seguramente esta interrogante tiene diferentes respuestas; no debe suponerse que el electorado en las diferentes zonas del país acude a las urnas con un criterio homogéneo; sin embargo, sí puede descartarse que lo haga basándose en un conocimiento medianamente adecuado de los planes de gobierno que las opciones presentadas le ofrecen, ya que los dos supervivientes actuales en la carrera presidencial en ningún momento explicaron con claridad en qué consisten dichos planes, mucho menos cómo piensan convertirlos en realidad. Lo único que se les escuchó durante la millonaria campaña que montaron, fueron ofertas difusas de combatir con medidas extremas e improbables los problemas más agobiantes que sufre la población: pobreza, violencia y desempleo. Es decir, se limitaron a ofrecer lo que los futuros votantes querían escuchar. Esto se llama demagogia y entra en la estrategia política conocida como populismo.
Se habla también de sobornos, acarreo de personas, coacciones y otras acciones por el estilo, pero tales tácticas apenas influyen sobre los resultados en algunas poblaciones del interior, en especial relacionadas a la elección de autoridades locales - alcaldes y diputados distritales - no tanto en las presidenciales.
Quienes se consideran lo suficientemente enterados para emitir un voto razonado, culpan a las masas menos ilustradas académicamente de ser presas fáciles del populismo, y suelen concluir que por su culpa siempre resultan elegidas las opciones más nefastas para administrar y dirigir nuestro destino como Nación. “Cada pueblo tiene el Gobierno que se merece” ─concluyen; aunque esto tampoco es una verdad incuestionable.
Nos convocarán a las urnas otra vez en noviembre, cuando deberemos decidir si nos quedamos a ser fritos dentro del sartén o saltamos a las brasas.
La falta de educación formal de grandes sectores de la población es un síntoma del desequilibrio social que nos rige desde hace siglos, igual que la pobreza, la falta de atención en salud y la violencia generalizada que de todo ello deriva. Cuando se vive en pobreza y en extrema pobreza, no se tienen otras prioridades ajenas a la supervivencia propias. Es poco probable en esas circunstancias hacer planes generales hacia el futuro o tener esperanzas distintas a la de paliar las carencias inmediatas. Esto no es nuevo, y es un hecho bien conocido por los “estrategas” de los partidos políticos, que se han especializado en sacarle el mayor provecho posible. Violencia contra la violencia, pena de muerte, miles de empleos, dádivas económicas, pocos impuestos y bonos salariales, fueron esta vez los señuelos que mejor funcionaron, maquillados, claro, con campañas publicitarias masivas, costeadas con fondos de origen tan oscuro como los antecedentes de los candidatos que las promovieron.
Este fenómeno y sus causas, que en Latinoamérica presenta dimensiones continentales, no es fortuito. Al contrario, la marginación educativa y el empobrecimiento de la población han sido cuidadosamente procurados y sostenidos por las clases dominantes, pues de dicha manera se han asegurado, mediante la promulgación de leyes a su conveniencia y de la fuerza cuando se amerita, el dominio y la posesión de la riqueza y los medios de producción. No obstante, de un tiempo a esta parte, la situación se les fue de las manos. Ahora muestran alarma ante la llegada al poder de fuerzas políticas que han resultado ser más eficientes que ellos en el uso de la demagogia y que, muchas veces, no los representan ni se someten tan dócilmente a sus designios. Esto sin duda está ocurriendo ya en Guatemala, y el resultado actual pareciera confirmarlo.
En resumen, aquellos que esperaban contar con su voto (única y minúscula partícula del ejercicio democrático que aún conserva el ciudadano) para conseguir alguna mejoría en el rumbo suicida que el Estado ha tomado, deberán postergar su expectativa para alguna otra y cada vez más lejana ocasión.
Nos convocarán a las urnas otra vez en noviembre, cuando deberemos decidir si nos quedamos a ser fritos dentro del sartén o saltamos a las brasas. Por lo regular, en estas segundas rondas ya ninguno de los participantes consigue sumar muchos más adeptos a su causa, y el resultado lo definen quienes votan contra la opción que más les provoca rechazo. Por lo tanto, el escenario que se nos viene estará constituido por una mezcolanza de trapos expuestos al sol por ambas partes, donde será sumamente difícil distinguir entre los hechos verdaderos y las campañas negras. Los que conseguirán solventar su situación personal y familiar en el siguiente periodo, serán aquellos que rodean al candidato que menos vulnerable muestre su techo de cristal, o que mayor habilidad tenga para vilipendiar al contrincante.
Este fue sólo otro capítulo de la pesada broma electoral que nos gastan cada cuatro años, y aún falta.
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