Es la educación, ¡entienda!
- Lunes 20 de Diciembre de 2010 00:00
- Escrito por TocaActuar
Oquei, todos juntos - atribución (portada): Alfredo Sábat
Bill Clinton, maestro en persuasión política, sabía que en la política electoral de los Estados Unidos el destino de un gobierno se ve definida, sobre todo, por el curso de la economía. Si la inflación baja y el empleo sube, la suerte sonríe al líder. Por el contrario, como lo aprendieran por la piel los demócratas en las recientes elecciones, aún la mayor reforma al sistema de salud en setenta años es logro insuficiente para enamorar al electorado, si este no percibe una economía boyante.
Tan bien entendía esto Clinton, que en su centro de campaña colgaba un rótulo para recordarlo de forma precisa: the economy, stupid! (la economía, estúpido). En estas tierras hubiéramos dicho baboso en lugar de estúpido, pero se entiende.
El reciente libro de Andrés Oppenheimer, analista político e incisivo entrevistador del Miami Herald, nos sirve para hacer lo mismo, al destacar el tema más crítico para el desarrollo de Latinoamérica. No, no es la economía, la violencia o el narco. Dicho en letras mayúsculas y sin tapujos: ¡ES LA EDUCACION, BABOSO!
A pesar de haber seguido al pie de la letra las recomendaciones del “Consenso de Washington” en la década del noventa, Latinoamérica no ve llegar la prosperidad. Ordenamos la casa macroeconómica y emprendimos un período de estabilidad económica sin par, y sin embargo no logramos alcanzar a los países del sudeste asiático, que tan sólo hace cincuenta años se parecían tanto a nosotros, y hoy son aplanadoras productivas imparables. ¿Qué pasó? Ellos le apostaron todo a la educación de su población, mientras en este continente la oportunidad de una buena educación sigue siendo, en pleno siglo veintiuno, un privilegio más que un derecho práctico.
En un volumen de lectura fácil, Oppenheimer reúne los argumentos que los expertos han dado por lo menos desde hace una década, pero que no hemos sabido - o quizá no hemos querido - escuchar. Aunque algunos de sus malos son bastante predecibles - los líderes de izquierda en Cuba, Venezuela, Argentina - y los buenos igualmente - algunos emprendedores del norte, la academia norteamericana - su tiro no deja de dar justo en el centro de la diana una y otra vez, pues su análisis de los problemas es bastante más sutil que su caracterización de los actores.
Es palpable, y muy de compartir, su impaciencia con el victimismo latinoamericano, que busca culpables de nuestros fracasos en todo excepto nosotros mismos. Pone el dedo en la llaga de la complacencia que nos hace creer que lo que tenemos es lo mejor desde el pan de rodaja. Ejemplo doloroso es el ombilguismo de las “grandes” universidades, como nuestra querida USAC, que pintan la incompetencia de compromiso político y la envuelven en autonomía. Mientras la mayoría de estudiantes salen de abogados para unas leyes que no se aplican, pocos se preparan para la innovación y la producción, porque eso sería “venderse al imperio.”
Quizá lo más valioso del texto es su revisión de experiencias internacionales. Países que, como Finlandia, China, Israel o Chile muestran lo que podría ser, si se prioriza la educación; o como Argentina o Venezuela, que ilustran lo que no queremos para nosotros, al quedarse en la complacencia y rechazar el pragmatismo. Más importante, reporta la experiencia de países que, como Brasil, México, India o Colombia, subrayan que otros parecidos a nosotros han hecho avances. La lección es clara: no hay excusa, no importa cuán abajo estemos, para no dar a la educación la más alta prioridad en la política y la conciencia nacional.
Termina el autor develando sus “doce claves del futuro.” Algunas son ya casi lugares comunes, pero no por ello menos pertinentes para este caso límite de lo latinoamericano, que es Guatemala. Yo me quedo aquí con media docena, tan a propósito.
- Miremos hacia adelante: los chapines, tanto los más ubiquistas como los que siguen añorando las gestas heróicas del 44, bien podríamos empezar por esto. Perderle respeto al pasado nos dejaría fijar la vista en el porvenir. Es por esto que importa cerrar el capítulo de los 36 años de guerra: no sólo por justicia, no por determinar quién tuvo razón, o quién ganó (la verdad es que todos perdimos), sino porque actúa como una enorme ancla que no deja atender el futuro.
- Hagamos de la educación “una tarea de todos”: estamos atrapados en el círculo vicioso de la desconfianza en el estado, que lleva a no contribuir a su financiamiento. Luego en su indigencia nos da la razón, pues es incapaz de cumplir con los servicios educativos, entre tantos otros. Para romper este círculo vicioso, o nos involucramos todos, o no pasará nada.
- Concentrémonos en formar buenos maestros: esta es la clave de la calidad educativa. Si el Ministerio de Educación no hiciera otra cosa, con esta sola podría redimirse.
- Démosles estatus social a los docentes: no se trata simplemente de mejores salarios. Hoy la docencia es carrera para pobres, que luego ganarán como pobres. En Guatemala, ¿quién quiere ser maestro, teniendo otra oportunidad? ¿Realmente es sensato confiar la educación a los más desprotegidos? Y habiéndolo hecho, es sensato maltratarles social y salarialmente, obligándoles a tener tres oficios para cubrir su necesidades, con lo que descuidan lo más importante, que es la docencia?
- Hagamos pactos nacionales: esta es la pieza política urgente: la educación no rinde sino hasta los 10 ó 20 años de inversión persistente. Debemos presionar a los partidos políticos para que la educación salga del tablero de ajedrez de la política de corto plazo. No es posible que usemos la formación de los más chicos, de nuestros propios hijos e hijas, de los jóvenes que entrarán pronto a la fuerza de trabajo como pieza de canje de favores políticos. No se vale.
- Forjemos una cultura familiar de la educación: sobre esto le dejo nomás un par de preguntas y un reto. ¿Cuál es el último libro que leyó? ¿Cuántos libros ha leído este año? Ahora, no vuelva a salir de casa sin un libro, a hacer cola en el banco sin leer, y dar ejemplo con ello. Y, de paso, regale libros para la Navidad. Quizá incluso el que reseño aquí.
Andrés Openheimer (2010). ¡Basta de historias! La obsesión latinoamericana con el pasado y las doce claves del futuro. EEUU: Vintage Español. ISBN-13: 978-0307743510.
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Comentarios
En el resto de su artículo creo que es un buen inicio..
Mi último libro....mmm...."el futbol como ideología"..Vinnai...lo pre.leí durante mi esclavitud asalariada de este mes en Campur, Cobán AV, me vine porque los estados de sitio no van conmigo...por cierto Cuba, cuando se muera el viejo, será el próximo "boom", espero llegar a verlo.
Salud y feliz año 2011.
Sin embargo, si bien la ausencia de novedad milita en contra de Oppenheimer, ello no nos exime a los demás de saber lo que, entrando la segunda década del siglo XXI, algunos siguen sin reconocer en Latinoamérica. Quizá con esto excuso mi afán por "traducir al traductor."
Sobre el pasado y la USAC, a la que le debo otro tanto también (excepto aquello que luego descubrí a golpes que no servía), es un poco como los hijos y los padres: si no nos atrevemos a criticarlos, nunca llegaremos a ser nosotros mismos en nuestros tiempos. No basta sólo conciencia, la universidad debe enseñar con ciencia.
Mil gracias por el comentario, y lo mejor en las fiestas y el 2011.
Ojalá haga mucha plata tbn ud, a lo Cohelo.. (no sé si se escribe así).
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