El discurso (I)

Huesito de la suerte - Roger Smith - http://www.flickr.com/photos/rogersmith/5207878732/¿Intención o esperanza? - Huesito de la suerte - Roger Smith - http://bit.ly/waioLL Leer el discurso de toma de posesión es importante para todo ciudadano. En este país de pocos planes y menos explicaciones, la palabra empeñada puede ser más valiosa que un contrato firmado, y exigir lo ofrecido la mejor forma de ejercer ciudadanía.

El Presidente no perdió tiempo para ir a lo sustantivo. Ya en el segundo párrafo, pasados los agradecimientos, señaló sus temas clave. Seis son sustantivos -la paz, la justicia, la seguridad, el desarrollo integral para los más necesitados, y el desarrollo económico para todos- y tres adjetivos, de medios: la transparencia, la gestión por resultados concretos, y el combate a la corrupción. Tampoco tardó en vincular la negociación del presupuesto con el fortalecimiento fiscal, pidiendo “un esfuerzo fiscal-integral (...) al que todo [sic] contribuyamos de forma equitativa.”

Esto, por supuesto, es lo que todos pedimos. La pregunta clave es, ¿cómo? Su propuesta: “Hablamos de un cambio profundo estructural y no de un cambio cosmético, (...), la transformación de nuestra sociedad.” Si el presidente ha de abordar el reto con eficacia, tendremos todos que partir de reconocer lo estructural de nuestra sociedad hoy: la desigualdad (unos tenemos mucho más que otros), la inequidad (muchos no reciben lo que necesitan), la pobreza (a muchos no les alcanza lo que ganan para vivir dignamente), y un modelo económico predicado sobre la explotación más que la productividad. ¿Estará el Mandatario dispuesto a transformar esto?

El Presidente ha señalado bien que el cambio no vendrá sin la contribución de todos: “... los países que han cambiado es [sic] cuando la mayoría de la población ha dicho que quiere ser parte del cambio.” Muy pronto se podrá verificar quiénes queremos y quiénes no. Falta por ver si tendremos el valor para señalar a los que no quieren. Sin embargo, no deja de preocuparme la selección de adjetivos: “el gobierno no puede solo, sin la colaboración decidida, disciplinada y constante de toda la ciudadanía...” Viniendo de la carrera castrense, ¿a qué se referirá esta “disciplina”, y quién habrá de imponerla?

El Presidente ha señalado bien que el cambio no vendrá sin la contribución de todos.

En un golpe de inspiración introdujo al discurso la referencia al cambio de ciclo de la cuenta larga del calendario maya -el tan mentado b’ak’tun- que le dejó de una vez apelar al sentido de cambio cíclico en los pueblos indígenas y, quién quita, abrir la puerta para un auténtico mercadito turístico. Lamentablemente, los números le salieron mal repetidamente, haciendo referencia a 500 mil 125 años como ciclo, cuando el dato de 5,125 años incluso no trata sobre eso, sino sobre el número de años desde una mítica creación maya. La gestión por resultados a que también aludió el Presidente, tendrá que empezar por asegurar que sus escritores de discursos le entreguen un producto impecable.

Quiso el Presidente marcar distancia con respecto a su antecesor, y se sirvió para ello de dos argumentos: la quiebra económica y la quiebra moral del país. En materia económica identificó como problemas la débil infraestructura nacional y  la deuda. Por supuesto, hablar de deuda salpica de responsabilidad, no sólo a su antecesor, sino igualmente la gestión de su ex-compañero de alianzas políticas, Oscar Berger y otras presidencias. Marcó también como problemáticos los programas “dirigidos al interior” -con lo que debemos entender que se refiere al malhadado “Mi Familia Progresa”- al cual achacó clientelismo y populismo sin romper el círculo de la pobreza. Delicado balance acusatorio, cuando párrafos más adelante le toca reiterar que las Transferencias Condicionadas continuarán, al menos implícita admisión de sus efectos positivos.

El segundo argumento es un recurso conservador más bien trillado: apela el Presidente a la pérdida de “los valores tradicionales guatemaltecos... sustituidos por una cultura de corrupción e impunidad...”. Considerando que la corrupción y la impunidad nos han acompañado desde hace siglos, acaso el presidente haría mejor invitando a la construcción de nuevos valores. De hecho lo ensaya, aunque bajo un manto discreto, cuando invita a restituir “la honradez, el respeto, reconocimiento... de nuestra diversidad, la plena inclusión... el trabajo arduo y la libertad.” Quizá de forma más útil, por concreta, compromete a su equipo de trabajo a ser los primeros en el ejemplo de honestidad.

El discurso no es particularmente sofisticado en su retórica. Sin embargo, su momento más inspirado se da cuando hace referencia al proceso de paz: “sueño con que la mía, sea la última generación de la guerra y la primera generación de la paz en Guatemala.” Si logra tan sólo hacer realidad esta aspiración, mucho habrá conseguido. Aún reconociendo el progreso de los últimos quince años, admite que las causas del conflicto siguen presentes, y sus propuestas evidencian una comprensión holística de lo que toca hacer: promover la reconciliación, atender la injusticia, reparar el tejido social e invertir en los guatemaltecos.

Con todo, el discurso hace insinuaciones que no dejan de tener un tono aciago, al señalar que “algunos que nunca combatieron ni vivieron el conflicto parecieran estar empeñados en no... superar [el conflicto] ... y siguen contando... con algunos apoyos internacionales.” ¿Implicará con ello el Presidente que sólo los ejércitos (nacional o guerrilleros) y las víctimas directas tienen una legítima opinión al respecto? Al hablar de superar el pasado y asumirlo colectivamente, sin olvidarlo, ¿estará planteando una invitación a la justicia, al perdón, o simplemente al silencio?

Siguiente entrega: Tres grandes pactos
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